domingo, 9 de enero de 2011

La Cortina Delgada (Poema)

La abuela, con problemas para levantarse de las profundidades del fofo sofá, se esfuerza ayudada por una sonrisa de las muchas que nacen de su arrugado rostro, buenamente lo va intentando, como puede, resoplando, intenta incorporarse, los brazos hacia delante, queriéndose coger, aunque fuese a una pata de madera, hace fuerza, quiere salir del atolladero, la mujer sigue en apuros, ¡Eso parece! aunque se lo toma un poco en broma. No se desmorona ni abandona. Insiste, no quiere sentarse.

En aquel momento…
De la segunda planta Evaristo baja, es uno de sus sobrinos…A la abuela ha visto.
En poco después la mujer estaba liberada de las seducciones inofensivas del sofá.

La abuela vieja ella, se acercó a la ventana, a mirar el jardín, ahí fuera, donde estaba la familia.
La mujer no quería salir sin antes ponerse un abrigo, aseguraba que no estaba para coger catarros. Decía tener miedo de un catarro conseguir.

Ahí afuera, por ahí, estaba su nieto, el más pequeño, completamente ausente, absorto en su mundo, jugando con un artilugio, muy paciente.

Lo intentaba desmontar, estaba sentado sobre el césped, él y el juguete eran una misma cosa, solo existía el jugar.

Al parecer la abuela tenía preparados unos pastelillos, de los de chuparse los dedillos, pero algo frenaba a la abuela de llamar a su nieto. Parecía como si no quisiera interrumpir ese momento de entrega con el juguete, del chiquillo.

La abuela estaba mirando por la ventana, desde dentro retiraba la fina cortina de color blanco finito, junto al sofá del salón de la casa, por la ventana miraba, cuidadosamente y con visible alegría disfrutaba del niñito.

Dejó de sostener la cortina y dejó de ver a su familia, quiso esperar, mas no quiso interferir en el juego de la criatura… Pero esa vez se sentó en una silla, no cometió el error de volver al sofá fofo y cómodo de grande pesadilla.

Poco después, el niño por sí solo abandonó el jugar que salía de sus manos pequeñas e investigadoras llenas de curiosidad, se acercó a la ventana, la abuela lo vio allí esperando y la abrió, y recibió de una agradecida voz suave e infantil: “¡Abuela, tengo hambre!”

Poco después al niño se le veía caminar por el jardín con su familia, mientras que con una mano sujetaba una pastelito, no se le caía, lo sujetaba con cierta seguridad. Poco después se lo comió, y al parecer fue y pidió otro, donde sabía que los daba la abuela. Y volvió a salir al jardín con un pastelillo de los de masticar.

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