miércoles, 2 de noviembre de 2011

Noches de Noche

Un descanso duerme en medio de una noche como ésta.
La noche, está hecha un descanso.
El colchón inmóvil, borracho. Tan sólo suspira.
Un cuerpo humano, prestado por la creación a su imagen y semejanza.
Me gustaría mirarme al ególatra y solitario espejo castigado de espaldas a la pared, me gustaría mirarme y ver que no me veo, y ver una ráfaga de viento en vida que se mueve. Tenso como la cuerda de un arco, vulnerable como el arquero, firme y decidido como una flecha, reflexivo y silencioso como el momento de apuntar, mirar. Pequeño como el dedo que sostiene a todo el centro umbilical del arco.

¡Somos energía! Nos pretende asegurar los impresores del recibo de la luz.
¡Somos canales de comunicación! Nos pretende asegurar la codiciosa industria del teléfono y la tele prisión.
¡Somos agua! Nos insisten desde sus despachos los amos de las nubes, ayudados por esas ingeniosas compuertas que abren y cierran para burlarse del agua inocente.

lunes, 17 de octubre de 2011

Trance

                                             


El viejo truhán de vocabulario feo malsonante y desagradable, se iba acercando a la céntrica plaza de su pequeña ciudad,  caminaba mirando fijo, con extraños atuendos, vistiendo sin cuidado ni agrado, poca la gracia. Mirada perversa de intenciones confusas.

Se decía de éste individuo, se decía, rumoreando de oreja a oreja, de frivolidad a frivolidad, que este hombre sufrió una caída en trauma de accidente, fortuito trance de doloroso resultado y mala cura. Al parecer, sufrió intervención en las caderas. Fue llevado a la casa de la cirugía.

Su caminar era al verlo venir, de asustar, tal así atemorizaba a niños y mayores, viéndolo venir o salir de callejón alguno. Y más si el lugar fuese estrecho y algo oscuro.
Sus cabellos negros, mal puestos, mal ordenados, mal atendidos.
Hombre éste, de siniestra risa o de extraña mueca que lo convertían en un ser algo esperpéntico, impenetrable, intratable, o quizás poco aconsejado para iniciar conversación alguna.

Cada vez que la alcohólica embriaguez lo asumía y metía en una temible opresión y su porte se veía encogido de casi arrastrarse uno, se sumaba a su coja manera de andar un extraño zarandeo de difícil equilibrio; un movimiento y paso caminante, que lo hacían hombre difícil de aguantar, y de contemplar.

Así que viendo a aquel cojo de extraña tribulación, de mal vivir, embriagado por la falta de respeto y de cuidado hacia el cuerpo y la mente, y caminando con aquellas caderas mal curadas y estropeadas, era mucho mejor cambiarse de acera, o si fuese bien y posible girar en la próxima esquina.

O si va uno andando por las calles con su pareja, tómese bien a su mano, sin miedo a parecer un niño asustado.

sábado, 8 de octubre de 2011

Sonreír, es una pequeña cosa que se hace con la cara, para...

    Entró en la pequeña habitación de su hermana, la luz aun quedaba en el exterior, en la gran casa donde vive el Sol caliente frío en invierno; de rayos bondadosos que todo lo iluminan, cuando así es y no hay nubes generosas.
    Subió la persiana suavemente y comenzó a entrar en silencio el solitario Sol con sus rayos casi invisibles.  Antes la persiana era levantada con brusquedad…de mala gana, pero eso era cuando convivía con su hermana. En el ambiente ya se notaba ese algo que facilita la libre respiración y el libre pensamiento.
    La ausencia de la mala energía se empezaba a notar, la densidad de antes ya empezaba a evaporarse.

¡Sin luz no hay color! dijo alguien.
A medida que iba apareciendo la luz en la habitación por acción del solitario Sol, llegaba nacía el color; con el suave marrón de la desocupada y polvorienta superficie de la mesa.
La silla vacía, sin nadie, con nadie sobre el asiento de tela oscura un poco rasposa, donde se chafan los bolsillos de atrás de los pantalones, que muy posiblemente lleven escondido algún paquete de tabaco.

En un estante quedó. Olvidado fue. Un bote vacío. Comprado en alguna tienda de objetos de regalo para ambientes casa, donde cuesta sonreír, he ahí la trampilla para el negocio.
Sobre su superficie de bote vacío había un dibujo, una burla en forma de caricatura, riéndose de no se sabe qué su hermana debe estar al corriente.

Claudia iba recorriendo con la vista desnuda de lentes gafas y puentes, toda la superficie de la habitación que afortunada o desafortunadamente acababa de dejar libre su insoportable hermana mayor menos mal que marchó.
En un estante se veían en posición vertical. Eran lomos de libros, tres, cuatro…cinco, no importa los que sean; libros de la interesante e interesada industria de la autoayuda y crecimiento personal con un poco de ánimo para hacer algo de caja, porque parece ser que… un poco de ánimo de lucro no hace… daño. Sus títulos, sus subtítulos, sus portadas, hermosas seducciones, para sugerir aquello de “pasen, pasen y disfruten”.

Sobre la pared, también en posición vertical, una lámina rebelde y traviesa, Anti-algo, Contra- algo, Pro-algo…, una especie de caricatura, de ironía. Proclamando. Quejándose o vendiendo que hoy día se hace negocio de casi todo, y no sólo económico, también ideológico, deportivo, televisivo, religioso, anímico, cultural...contra cultural… Todo es negociable, excepto lo que no es negociable.

La mente contenta de Claudia pudo levantar su mirada mental del mensaje de esa caricatura y abrir el armario de su antipática hermana Beatriz, Bea para los amigos y también para las amigas, aspecto cosa fundamental e importante.
Lo primero que vio era la foto… ¡Aquella foto! De inmediato su piel tuvo una erección, epidérmica, del tipo “se me ha puesto la piel de gallina”. 

Seis, siete, nueve años antes atrás, eran muy amigas además de hermanas, y la fotografía enmarcada hablaba de esa amistad, que como la vida misma fue temporal, una amistad condenada al fracaso, pero esa instantánea, esa foto, quedó como testigo de cargo o de descargo.
Ambas hermanas se fueron la una de la otra. Esto es se distanciaron, quizá sea cierto eso de que hablar verdades incomoda. No se querían. Parece ser que los sabios bebes no aman a nadie. Para saber que es el amor, el otro amor, te has de sentir querido, querida, mejor si aun eres una niña, un niño.  
Quizá sea cierto eso de que saber escuchar no es lo que parece, cada día y noche sabemos lo terriblemente bello y difícil que es escuchar con sabiduría.
¡Siempre luchando y peleando por dar o quitar la razón a alguien! ¡Siempre luchando interiormente por tener razón en algo aunque sea en mis equivocaciones! Y siempre dejando el temible escuchar para mañana a las ocho que es cuando abren, pasado mañana, el año que viene. El fin de semana no porqué está cerrado. Y el otro tampoco porque hay puente de madera.  
Siempre sintiéndonos identificados con algún personaje crucial o que hacemos crucial, que nos va a salvar.
Claudia intentando ser la hija preferida de su papá y Beatriz luchando por ser la hija preferida de su mamá. Y el contrato de amistad…, caducado y sin renovar. ¡No existen agentes personales que nos orienten en el camino de ser bueno en algo! O quizá si existan y tengan la oficina cerrada por eso del inventario ese que dicen.


Claudia de pie mirando, ante una simple foto y su símbolo, lloró, parecía el momento oportuno, para bien o para mal nadie la vio. Tenía derecho lacrimógeno a llorar, los pañuelos siempre ayudan desinteresadamente. Luego la basura, y papel desaparecido.
¡Llorar y llorar! Posiblemente en aquella casa también eso estaba prohibido. Quien manda, manda, aunque mande mal, según asegura el presidente.

Tan sólo una hora antes de reloj en marcha, esa habitación estaba ocupada, a modo de particular cuartel general desde el que se inicia y confecciona una guerra fría.
Familia dividida, como un puzzle, que aunque esté montado conserva las líneas quebradoras y de fractura, de ruptura.
¡Cuidado con los Puzzles! cuenta esta ley de la  real casa de las advertencias.

La otra parte de Claudia no claudicó, se alegró. Pura satisfacción en su corazón, en su rostro. Egoísta sí, egocéntrica no.
Por fin se acabaron las tensiones enmudecidas por el miedo que nunca podía salir expresado. ¡Desgarradora represión! ¡Triste libro de familia!
¡La ley de la libertad de expresión queda prohibida, hasta que me echéis de casa! Se decía en el ambiente. Se daba a entender en el crispado ambiente. Y si hacia falta se arreaba un puñetazo en alguna puerta ya golpeada, o se pegaba un grito, de los que dicen aquí impongo yo. ¡Como esas dictaduras corruptas también existentes a escala doméstica y familiar!

Beatriz madre, llevando a Beatriz hija, a algún Aeropuerto, Puerto o Estación de lo que fuese. Pero llevándosela. ¡Un billete, por favor o sin favor, pero un billete!
Dirección: lejos. Punto kilométrico: lo más lejos posible. Sólo Ida.  Para una persona y su mala leche. Tiene tanta mala leche que se lleva todos los cántaros.  
Quédese con el cambio, yo ya me he gastado demasiado dinero en tratamientos y terapias útiles o inútiles, que a simple vista quedan muy bien puestas y te ayudan a huir por un tiempo.

Ya debían estar en el aeropuerto o donde fuese que sirviese para que se llevasen a alguien lejos, lo más lejos posible. ¡Ya no podemos más! ¡Déjanos en paz, para que curemos las heridas!
Se estaba preparando una purificación familiar. Un potente y brusco tratamiento por ausencia urgente de alguien que proyecta una pesada energía. ¡Cuidado conmigo que muerdo! Decía la chica esa, con mala leche.


La ropa de la cama estaba alisaba.
Una vida llena de desórdenes y la cama alisada, así era Beatriz, o Bea para amigas y amigos.
El contrato de comunicación entre ambas ya finalizó, pero ninguna de las dos había leído la letra pequeña.  
Claudia salió de la habitación, estaba triste y rabiosa. Y no sabía con exactitud cual de esas emociones era la primera y cual la segunda.
No se habían despedido. ¡Que bien! ¡Que mal!
No tenían relación en esa situación familiar incómoda y tensa.

Se acabaron las fuertes discusiones entre Beatriz y quien fuese… y Claudia escuchando, asustada, al otro lado de la casa, bien lejos, encerrada en su habitación con la puerta  sin llave,  con el corazón veloz y angustiado, disimulando que ella podía con…, haciéndose la fuerte y segura de sí misma, fingiendo que sabía aguantar ante esas escenas tan escabrosas, poniendo cara y respiración de pacífica, esperando que la tormenta pasara, sin saber cuando volvería a tronar y relampaguear. Auto engañándose intentando engañar a sus prejuicios, lográndolo.  

Pero por fin todo eso acabó, llegó la paz. Algún tipo de paz. Se acabó el truco del disimulo.

La musculatura del rostro quería volver a la posición de risa y sonrisa; durante cinco años, hacer ese pequeño gesto con la cara había estado prohibido en esa casa; las órdenes venían de Bea. Beatriz para los enemigos y enemigas.  

En la casa volvió la luz natural, volvió a corretear el aire fresco. Se acabaron las luces negras en fondo oscuro. Y los portazos también llegaron a su final, desaparecieron por esa puerta rota a golpe de nudillos sonrojados, a punto de llamar al ambulatorio donde tratan las inflamaciones.
Mientras tanto, en el interior de algún avión o lo que fuese, Beatriz sentada, con destino a un lugar lejano, donde hubiese enemigos para domesticar, amigos para pisar, pisotear.

Ella es astuta y manipuladora, y a buen seguro encontrará el modo de abusar y aprovecharse de alguien y salir adelante con éxito. Así es Beatriz, vacía por dentro y saturada por fuera. Siempre consigue lo que quiere.


Por lo visto,
Hacer las cosas mal,
Es mucho más, más…
Fácil.

La frase predilecta de Beatriz. Bea para los futuros y próximos amigos…Y luego, más tarde, a su debido tiempo, sus victimas.

martes, 20 de septiembre de 2011

A las diez en punto (Relato breve)

Rocío estaba inclinada hacia delante atando la bolsa de basura, faltaban pocos minutos para que llegara su marido.

Ella se arregló un poco, se retocó el cabello ante el espejo del pasillo; se miraba, intentando adivinar si estaría bien arreglada para cuando él llegara. Cada vez faltaba menos para la hora.
Rocío suspiraba de nerviosismo mirando su muñeca, allí estaba el reloj adivina tiempo.
Faltaba un minuto para la hora y salió a la calle, dejó la bolsa en el pavimento, y pocos segundos después... surgen al fondo de la nada, en medio de la oscuridad, dos luces.
El maloliente vehículo se acerca, ella se mueve, avanza unos pasos. No puede estar quieta.

Raúl abre la portezuela del camión parado y baja, ella sonríe y se abrazan, se besan, se aman...
¡Cariño hoy acabaré antes!”
¡Que bien! Te esperaré despierta”

Siguieron hablando unos minutos cerca de la puerta de la casa, donde ambos vivían, luego él subió otra vez al camión y desapareció entre la ruidosa y motorizada oscuridad.

Ella intentaba aguantar despierta, pero el sueño es el sueño.
Quien sabe si esa noche... Ella seguro que intentará aguantar, aunque por otro lado su trabajo la obligaba a madrugar bastante.

Pero los fines de semana, que ambos son mucho más libres, aprovechan el tiempo.


jueves, 25 de agosto de 2011

Verlo para Creerlo


Sacarina era una joven simpática, realista y coherente. Sabía muy bien que en la vida había de dedicarse a cosas que realmente valiesen la pena, y ciertas otras cosas, mejor dejarlas pasar en otras direcciones y lugares, donde tendrían muy buena y aceptable acogida.
Había logrado romper el cordón con su madre, que se llamaba la señora Paquita.

Desde que hizo la mudanza, para descargarse de esa presencia materna, descuidó bastante a propósito, el retrato de aquella mujer madre, en una acartonada caja de... cartón. Todavía no estaba de ánimos positivos para buscarle un lugar en la decoración externa, entre los bastidores de la existencia cotidiana y no menos sagrada o crucial. Tenía muy claro que no quería sacarlo, no fuese que volviesen las trampas verbales a través de recuerdos e imaginaciones, que con tanta fuerza se nos meten en la mente para dirigirnos, o porqué no, medio dirigirnos, que también puede tener su riesgo destructivo. Desde que se marchó de casa se encontraba muy animada y tranquila. Al parecer, sienta bien eso de romper el vital cordón umbilical a su debido tiempo.

Su vida transcurría con normalidad. Y elevadas dosis invisibles de alegría... sutil.
A Sacarina le gustaba escribir y leer, pese a las trabas interpuestas por el gobierno maternal sufridas en el reciente presente anterior, también le gustaba estar sin hacer nada, aunque eso siga siendo un hacer algo.
Exactamente como los ceros del lado izquierdo. ¿Para que están? ¿Que pintan ahí? ¡Si las calculadoras pudiesen hablar!

Un reciente viernes por la tarde, acabado de consumir, llegó cansada a su casa, pero satisfecha por haber dejado la maquinaria aunque fuese por dos días. Y sin haber podido deshacerse saludablemente del envoltorio de los papeleos y cosas de oficina que siempre ocurren en el trabajo y te hacen salir tarde, con un regusto más o menos... un poco raro.
Sacarina estaba muy sensibilizada con un nuevo compañero al que sentía que podía ayudar, ella llevaba más tiempo que él, tenía más experiencia, era un chico con una gran apertura hacia los demás, y al parecer, se decía en los rumores de la maquinaria, que la responsable de relaciones públicas temía que este chico pudiera hacerle la competencia en un futuro bastante inmediato y quitarle el puesto a través de eso que llaman la proyección laboral interna...o algo parecido.

Al cerrar la puerta de su casa se permitió dar un pequeño salto de alegría, una pequeña celebración, valía la pena. Lo hizo con cuidado para no molestar al vecino de abajo, que tenía la fea costumbre de molestarla con fiestas subidas de tono, y en horas bastante anormales. Varias veces había tenido que llamar a la policía a causa de este vecino trepa, que al igual que muchos huelguistas manifestantes se dedican a pisar y perjudicar al resto de ciudadanos con tal de conseguir sus propósitos.
Como si fuese tan difícil divertirse, reclamar, sin molestar ni perjudicar al otro u otra... ¡Si la inteligencia pudiese hablar!
Descansó un pequeño rato. Poco a poco desconectó de toda la jornada y semana laboral y se quedó sentada en la butaca mirando las musarañas, siempre y cuando se dejasen ver, porque su hábitat no es ese.

Algo interesante debió ocurrir en su fuero interno, porque se levantó de aquella comodidad, buscó en la Red no segura algún sitio donde se publicasen diarios, textos e historias, al parecer le gustaba mucho un lugar donde escritoras y escritores profesionales, noveles y aficionados publicaban con un seudónimo, sus textos, gracias a la paciencia y sensibilidad del administrador de ese espacio virtual. Y encontró uno que llamó su atención, se titulaba “Verlo para Creerlo”
Se trataba de un Cuento...

Empezó a leer


En cierta ocasión, hubo un viajero, que recién llegado a una aldea, las gentes se le acercaron para saludarlo, aunque aquello era un truco, pues en realidad era para averiguar quien era, y qué intenciones traía. Pues allí, como tenían muy mala fama, y nunca recibían visitas, desconfiaban de cualquier visitante o caminante de paso. Con este comportamiento su mala fama de multiplicaba, y se ahorraban de volverse más amables, hospitalarios... dialogantes...

Había un habitante, mucho más suspicaz y susceptible que el resto. Poco a poco, frase a frase, fue ganándose su confianza, gracias a los vastos conocimientos de otras épocas pasadas, que tenía en la ciencia de las habilidades sociales y el arte de hacerse escuchar. Así que poco después, en plena conversación, cuando el forastero había entrado en el juego con una sonrisa, el habitante suspicaz, por sorpresa, en un giro brusco de actitud, preguntó al recién llegado ”¿De que color es tu sangre?” el caminante por unos segundos esenciales, quedó al descubierto, en blanco... vendido.

La pregunta trampa escondía una exigencia, como si cada persona que visita la aldea estuviera obligada a conocerse a sí misma... Como si estuviese prohibido vivir huyendo de uno mismo y auto-engañarse. Era una pregunta con un alto y muy sutil contenido en provocación y desafío.

Pero en ese momento el forastero aunque confuso y dubitativo, no estaba demasiado para juegos y trucos, empezaba a darse cuenta de algo extraño, algo no cuadraba. Posiblemente en la forma de preguntar, posiblemente en el tono empleado, podría ser la pregunta en sí misma, posiblemente en el contexto. ¡Pero algo raro había!

En lugar de responder con evasivas y defensivas, con astucia e ironía... pues no, al hombre no se le ocurrió otra genial e incomodante cosa que...responder con honestidad, y dijo con gran seguridad en sí mismo “¡¡No lo sé!!” La respuesta no podía ser más sencilla y clara... ¡A tal pregunta tal respuesta! ¡Te atreves a preguntar, tendrás respuesta para escuchar!
Y el aldeano que había preguntado puso rostro cara, de enfado. Su cara se marchó a toda prisa al reino de la perturbación... Y claro...se perturbó.
¡No sabes de que color es tu propia sangre!” le recriminaba, buscando que se sintiera perseguido, acusado y culpable, por no contestar la supuesta respuesta oficialmente pre-establecida.

Pero ante tanta crueldad y adversidad, la actitud del recién llegado empezaba a tambalearse.
Comenzó a palidecer, a sentirse extrañado por el perverso juego al que había sido sometido.
A medida que transcurrían los segundos entraba en la dinámica del juego, empezó a sentirse mal consigo mismo, había mordido el anzuelo y ahora debía empezar el engorroso mecanismo de reafirmarse, defender su postura a toda costa, con todo el orgullo y soberbia posible, tal y como aprenden muchos niños y niñas, cada vez que sus padres y madres no los toman en serio y de mayores van repitiendo.
En su galería interna se inició una lucha, entre la frustración para sacar el orgullo o la calma para reflexionar...para dejar pasar el agua que no hayas de beber; si bien, mejor cerrar el grifo.

Las sensaciones contradictorias iban y venían creando confusión e indecisión, y eso quería el aldeano preguntón.
Tras unos segundos de calma y serenidad, se daba cuenta, que en el momento de recibir la pregunta, no pensó en la respuesta fácil y establecida. ¡Hubiese sido más prudente o cómodo decirles lo que querían oír! ¡Sí, pero...! ¿cómo saber eso que querían oír? ¡Buena pregunta!

Él respondió su verdad o su respuesta, lo que le vino en ese momento, y de inmediato advirtió que eso no se aceptaba. ¡A nadie le importaba lo que pensaba! ¿A quien le importa lo que pienso?
Se preguntaban la sumisión y el criterio. ¡Si de verdad, existiese la libertad de expresión!
Responder su verdad significaba pagar por infringir alguna ley que no se sabe si existe o no.
Allí, toda esa gente, ejercían una mala influencia... los seguidores con su presencia, fortalecían al líder. Y esa fuerte presión vecinal acabó por hundirlo más.

Aquel atormentado y preguntón habitante lugareño, viendo que el recién llegado todavía no acababa de encajar del todo en los prejuicios de la comunidad, desapareció haciendo aspavientos, posibles restos de rebeldía en época de infancia.

Pero luego volvió comportándose de extraña manera...Mirando, como si el forastero fuese un bicho raro; era visible que con esa actitud intimidatoria pretendía inspirar desconfianza...animadversión, y cierto desequilibrio.


Y en pocas horas se extendió por la aldea, que efectivamente, el recién llegado era un individúo raro, extraño, ingrato, advenedizo, endemoniado y poseído por las malvadas fuerzas de la honradez y honestidad, sospechoso de tramar algo, propagador de plagas verbales e ideológicas. Miembro de alguna logia con misiones y ministerios sobre la aldea para convertir a sus gentes. Acusado de querer y pretender difundir alguna enseñanza apócrifa.

Las autoridades morales lo acusaron de no amoldarse al patrón oficial establecido.

Para que aquello tuviese más justificación, y aspecto de asunto grave, lo acusaron de estar poseído por alguna entidad maligna. Le prohibieron pensar, aunque no se sabe como lo hicieron y le prohibieron defenderse. Fue detenido y llevado a los calabozos. Alimentado con mendrugos de pan del otro día y un vaso de agua, no fresca, al día.
Luego, fue puesto a disposición de una especie de inquisición o escaparate de individuos con cara de pocos amigos y de mucha soberbia, y emplearon técnicas de presión psicológica para sonsacarle información y dijese que intenciones traía. Toda la aldea estaba cegada, en contra del recién llegado. Ni siquiera le preguntaron su nombre, para crearle más angustia y más sensación de indiferencia y distanciamiento.

Hasta que un día de mucha presión para que hablase accedió ha confesar, habló de porqué no sabía el color de su sangre. Para ver si lo dejaban en paz y libertad, salir de allí con toda rapidez y no volver.

Fue sentado en una silla y empezó a explicarlo todo.
Habló este discurso con extenuación:

Voy a confesar el motivo por el cual no conozco el color de mi sangre.
Hace muy pocos meses, muy lejos de aquí, estaba esperando en un centro sanitario para hacerme una extracción de un muestra de mi sangre. Entonces, al yo entrar, la enfermera que me atendió estaba muy distante, seria, con actitud tiesa,demasiado correcta y fría. Y con cierta indiferencia y automatismo, me pidió que me subiera la manga para poder pincharme, y en el momento que dijo “Pincho” empecé a marearme y tuve que mirar hacia otro lado, pues no pude mirar lo que hacía aquella señorita, y por tanto al no mirar la jeringuilla, no pude ver el color de mi propia sangre, aquello duró muy poco. Cuando escuché que me decía ¡se acabó! esperé unos segundos, me levanté despacio, aun sensiblemente mareado y salí para sentarme en los bancos de la sala de espera, fuera de aquel sofocante y cargado ambiente supuestamente sanitario.
Me hubiese gustado saber que color tiene, pero no pude mirar. Algún día de más tranquilidad, quizás lo haga.
Esto es lo que digo en favor de mi defensa.”

Entonces de aquel tribunal apareció una voz que parecía haberse dado cuenta de que se podrían haber precipitado, y habló con este breve discurso: “Bien, ahora avisaremos a un médico para que contribuya con sus conocimientos y nos diga si esto que dices es así o no”.
De inmediato entró un médico y se le preguntó” Doctor médico, ¿puede una persona sentir alguna indisposición en el momento de realizarle una extracción de sangre?”
El orgulloso médico se acomodó sensiblemente en su asiento, ante una gran representación de las gentes de la aldea, y respondió: ¡Efectivamente, puede suceder, lo mismo que cuando se busca se puede encontrar! Sobre todo cuando eso ocurre en ambientes forzados y tensos, puede influir, y también depende de la predisposición, sensibilidad, de la persona!”

Del tribunal, un juez, Don Alguien, dijo: “¡Está bien, queda usted libre de todas las acusaciones! Pero antes, responda a una pregunta de este tribunal: ¿Porqué no respondió al principio, el motivo por el cual desconocía el color de su sangre?”

Y aquel forastero recién llegado a la aldea respondió:
No lo sé, creo que en lugar de integrarme en la aldea, quise encajar. Pero he decidido que aquí no quiero estar, no me gusta este lugar con este extraño ambiente”.


El Juez, mirando con fijación y muy serio respondió “¡No estoy entendiendo nada de lo dice!”

Y luego, para burlarse, se dirigió a los demás miembros del tribunal y les trasladaba la misma pregunta “¿Vosotros entendéis a este extraño?” Y muchos clamaban por respuesta “Que se vaya lejos de nuestras tierras. Que se vaya”


Sacarina al acabar de leer, se quedó unos minutos en silencio... reflexionando y sin prisas...mirando cara a cara, neutralmente, todo lo que pasaba por su mente, acerca del doble cuento de algunas mentiras y discursos.

Luego, al cabo de una semana, de unos meses, de unos años, susurró “Verlo para creerlo” “Verlo para... Verlo”


domingo, 14 de agosto de 2011

Un Nuevo Acontecimiento

<< Un nuevo Acontecimiento >>

E
l bebé y su mamá estaban bien, acababan de llegar a casa. Había sido un parto normal.
¡Vaya revuelo se había armado entorno a ese hermoso acontecimiento!  
Carrerillas de una esquina a otra de la casa.
Incluso la vecina de arriba bajaba, y se ofrecía para lo que fuese necesario.
“¡Si necesitáis algo pedídmelo!  ¡Cualquier cosa!”

La suegra, la cuñada, correteando de un sitio a otro de la casa, dispensando solidaridad y apoyo… y nerviosismo.

¡Era un niño tan esperado! La mamá y el recién nacido eran los únicos que lo vivían con naturalidad y tranquilidad. Sin comprender a que se debía tanta alteración del orden público casero, cuando lo que precisamente convenía era calma, y de paso, tranquilidad.

Hubo un momento, en que el padre, más dominado por una crisis de trepidante entusiasmo y una alegría tocando a euforia, se acercó a la madre, sentada en una butaca con la criatura en brazos, dándole  cariño, calor.
El padre se inclinó hacia delante, como si quisiera susurrar algo a su hijo… La criatura dormía tranquila, ausente. Descansando.

Aquel padre o poseso hombre, preguntó en voz anormal, encarándose a su criatura…” ¿¡Hijo, a que te quieres llamar Narciso, como yo!?”…
Parece ser que la criatura diría ¡Genial! ¡Genial!
O que la criatura diese a entender a su padre algo así como “¡Que nombre más bonito Papá, has tenido una idea muy buena, me alegro, con semejante nombre seré muy…!”

El caso es que le pusieron de nombre Narciso, tal y como había sido entendido.
No nos extrañe, que aquel padre hubiese inventado sin saberlo, aquella estrategia tan manipuladora y alimentada que dice…“¡Quien calla otorga!” y se la hubiese imputado a su pequeña criatura, para que se fuese acostumbrando a la conducta de las y los mayores.

¡Claro! Con el tiempo a cuestas como si fuese una cesta llena de meses y semanas, Narciso, hecho un joven, tuvo que ir a los juzgados para cambiarse el nombre.

Y  esto pasó, porque este padre  no quiso escuchar a su hijo.

¡Menos mal que existen esos laberintos llamados Juegos Administrativo de Burocracia!

jueves, 4 de agosto de 2011

A media Tarde

L

A señora Agustina estaba sentada en su mecedora, junto a la mesa, en el pequeño salón de su piso, esperando a que el café; preso en la cafetera, saliera. Esa era la cafetera que le regaló su hermana, tiempo y meses atrás, y que aun funcionaba con total normalidad.

Hacía algo de frío en la casa, ya lo pronosticó el joven licenciado en meteorología, cuando salió en el informativo que hay en la televisión.

El imprescindible televisor ofrecía compañía virtual a Agustina, que era viuda y vivía sola, y además, quería vivir a su aire, sin que nadie le causara molestias ni quebraderos de cabeza, pero…
     El televisor, como muchas otras veces, estaba alto de volumen, molesto y sutilmente torturador; así era Agustina, esa era su comodona actitud.  ¡Que se oiga! ¡Que se oiga!

A mayor volumen, la falsa compañía estaba más cerca, en su casa, como si el contenido saliera de la caja y se postrara en la salita, a sus pies.
Con lo cual, las voces de la caja se oían bastante más. Esto le proporcionaba una gratificante sensación  de menor de soledad.
A mayor sensación de compañía virtual; más lesionado y sufrido quedaba el tímpano, puesto que el volumen crecía.
Puestos así, era incapaz de interpretar que el volumen bajo, podía representar a alguien que te susurra algo al oído, alguien que está a tu lado…
¡Dicen que de donde no hay, no se puede sacar! Y Agustina ya no va a cambiar, vaya disgusto cambiar a estas alturas del guión familiar. Pero ella no sospechaba, que siempre se puede cambiar, o por lo menos valorar como influyen tus decisiones en los demás… Una alternativa interesante era irse a vivir en medio de un campo, donde no incordiara a nadie. Pero por otro lado la señora Agustina quería vivir cerca de algún centro sanitario…Pero la realidad era otra, instalada en su pequeño piso.

Con el tiempo vendrían los problemas, ese tipo de problemas procedentes de abusar del ruido.
A más volumen, más daño auditivo, y a más daño auditivo más volumen para poder seguir escuchando a esas gentes que pululaban dentro de la caja y que parecían salir, para hacerle compañía. Un auténtico círculo cerrado. Sin ánimo de cambio.

Por fin el café empezó a subir. El pequeño depósito quedó lleno del ennegrecido líquido estimulante.
Mientras Agustina se levantaba como podía de la mecedora, y se adentraba en la cocina para vaciar sobre la taza el esperado y ansiado café, empezó a escucharse un pequeño estruendo por el patio interior de la vivienda, era un sonido mecánico, repetitivo, algo incómodo, pero que a la señora no molestaba, casi no podía oírlo.

La cafetera, saqueada de todo su estimulante contenido, quedó apartada en un rincón de la cocina, justo en uno de esos lugares donde en verano, en esa casa, merodean las cucarachas. En aquella vivienda, cada verano aparecían esos insectos, de estética futurista, bichos vibrantes, veloces y escurridizos, que no faltaban nunca a su cita anual, como una peregrinación en pequeña plaga o proceso migratorio.
 Poco después, la cafetera, ya sería lavada y guardada. Pero luego, en otro momento.
A continuación regresó a su tumbona tipo mecedora, o viceversa; sosteniendo un plato que a su vez sostenía a una taza hasta arriba de café espumoso; enseguida vendría volando una cuchara llena de miel y se sumergiría allí dentro, y empezaría a dar vueltas, concretamente unas cuantas, ni más ni menos. Primero dejó el plato sobre la mesa y luego sentó dificultosamente sus aturdidas posaderas, al iniciar este movimiento exhaló un sonido de sufrimiento, sus rodillas estaban fastidiadas. Una vez sentada cogió la taza y poco a poco fue bebiendo, disfrutando sorbo a sorbo de aquel momento.

Pasaron los minutos, mediante las agujas de un reloj de pared que funcionaba a pilas.
Junto a la escoba, que estaba apoyada en la pared, merodeaba tranquilamente una de las cucarachas, se desplazaba por el suelo, con libertad, pero la señora no la veía, además las gafas estaban sobre un mueble, junto a una cajita de cartón.
Con ayuda de sus obesos brazos de los que colgaban pellejos en la zona de los tríceps, se levantó de la cómoda mecedora. Con incomodidades y dificultades. Le molestaban las rodillas, las tenía hinchadas. Aquel trámite anatómico postural le creaba engorros. Iba a...

Ya sabía que el estruendo significaba que en cuestión de pocos minutos la lavadora terminaba su tarea. Una lavadora debe marear adecuadamente la ropa. Esas máquinas de lavar, centrifugándose se liberan de la ropa que deben aguantar en su interior.

El café ya había sido saboreado y consumido con deleite. En pocos minutos la cafeína se incorporaría al torrente sanguíneo. Su corazón se aceleraría con rítmicas arritmias, pero a ella le daba igual. Su cardióloga ya no sabía que hacer con este tema.

Poco tiempo después, salió al rellano de su casa y llamó a la puerta contigua. La vecina estaba en el lavabo, con la puerta cerrada, era la señora Alejandra, paradójicamente no oyó que llamaban a su puerta ¡Y eso era muy raro!

Era una mujer muy mayor que siempre estaba dispuesta a ayudar.
En realidad era un truco, una excusa, un argumento o estrategia, para entrar en esa parte de los demás que no era de su incumbencia. A la señora Alejandra le encantaba curiosear con cierto morbo lo que hacían los y las demás. De cara a la galería ayudaba a quien podía, y todo quedaba muy bien disimulado. De puertas adentro era puro morbo.
Estaba bien la estrategia. Parecía discreta. Pero en el fondo era una trampa que engendraba más trampa.
Cualquiera, con un poco de sensibilidad, podía verle detalles de persona mísera. En el fondo se le veían las auténticas intenciones.

Agustina, resignada al ver que nadie le abría la puerta, continuó con la ropa recién sacada de la lavadora y puesta en una palangana, escaleras arriba. Con las dificultades que esto le suponía.
     La terraza era comunitaria, y allí debería tenderla, por esta vez no pudo hacérselo su vecina de al lado. Doña Alejandra, encerrada en el lavabo.

Mientras ascendía por la escalera, pasó ante la puerta del piso superior al suyo, allí vivía una joven estudiante, era muy buena persona.
Entonces, Agustina, pensando en la persona que vivía ahí, susurró “Que buena es esta chica”.

Y al cabo de unos segundos se abrió esa puerta y salió la chica, y sin más dijo “Tú también, vecina”
Y sorprendida dijo “¿Me has oído?”

Después, aquella misma noche, Alejandra que había estado fisgoneando, desde primeras horas de la tarde, a ver que podía escuchar, aunque fuesen palabras sueltas, con la oreja pegada a la puerta de la casa o en cualquier pared, se resistía a sentarse a la mesa para cenar. La actividad del fisgoneo le absorbía mucho tiempo, y a ella le gustaba. Así que la cena podía esperar.

La joven estudiante del piso de arriba, tenía unos treinta y un años. Estaba acabando de cenar, y del piso de abajo, donde vivía Agustina, apareció como un fantasma de los que no existen, otro ataque de ruido, otro ataque a volumen alto. Queriendo o no, el televisor a todo volumen, era un arma para atacar a quien hubiese cerca. Un arma para repudiar cualquier atisbo de tranquilidad y placidez.
Ante esta situación de impotencia, la joven estudiante quedó como si la estuviesen asediando en su propia casa, como si en aquella comunidad de vecinos hubiese un estado de imposición.
Otra vez la molesta vecina de abajo que vivía sola. Otra vez la señora de abajo, otra vez el televisor a todo volumen.

Y era cierto, la señora Agustina se había adueñado de la tranquilidad que muchas veces necesitaba. Si quería estar tranquila, y  preparar algún examen en su casa, para hacerlo, tenía que salir a pasear o sentarse en algún parque y esperar.
Y según el día y la hora podía acudir a la biblioteca municipal.
Pero allí en su casa, muchas veces, era imposible. ¡Alguien se llevó el silencio! ¡Los fabricantes de ruido han vuelto a venir!

La joven se enfrentó a sus problemas para relacionarse con la gente y confrontar una situación conflictiva bajando a visitar a la vecina y pedirle que bajara el volumen de la televisión. Esperó unos minutos para ver si Agustina bajaba el ruido de su arma; no parecía misión fácil… A mayor volumen mayor sensación de compañía, cuanto más alto esté el volumen del televisor, habrá más proximidad de alguien y mayor insalubridad para los tímpanos. Y la contaminación acústica afectará a...

Pero para Agustina, la soledad era un desagradable enemigo a eliminar. Con esta actitud tan trepa, pisoteaba a alguien para conseguir su propósito.  

La joven estudiante, meses atrás, le regaló unos auriculares, para intentar aplicar la vieja ley basada en el “…todos y todas contentas” intentando crear empatía.
Aquellos auriculares quedaron exiliados en el interior de un cajón, completamente olvidados; una mujer mayor que nunca ha utilizado eso, no iba hacerlo ahora.

Y ciertamente, la joven lo tuvo que entender inmediatamente, casi por la fuerza, Agustina era una mujer mayor, que también tenía mayor la rigidez mental. La dilatada experiencia en funcionar con esa estrechez de pensamiento, también le servía para cerrarse aun más.

¿Y la Señora Alejandra? La vecina fisgona, se perdió toda esta parte última de la historia, porque mientras este relato llegaba a su conclusión, ella estaba intentando escuchar por el patio interior de la casa, para intentar pillar algo, cualquier cosa, que estimulara su gratificante e insaciable morbo.
Sólo escuchaba más y más ruido, procedente del televisor de su vecina de al lado.
Y esos programas aportan poca cosa que sea interesante y que valga la pena.

jueves, 14 de julio de 2011

Escribir

Un pequeño cuadernillo de páginas en blanco a la espera.
Sus blancas páginas están siendo cargadas e invadidas.
Letras y palabras, ideas y más ideas.
Este poema intruso invade sus páginas.  

Llegó pues una pluma inyectada, borracha, en tanta tinta tonta sagrada… y empezó a cargar de poema y más poema su rostro blanco.
El mundo del cuadernillo fue invadido. Extraños abecedarios formando ejércitos en líneas e hileras. A las órdenes de alguien estaban.

¿Qué hace aquí este poema?
¿Quién le ha dado permiso a usted para invadirme con sus escrituras?


Váyase, váyase, déjeme en paz. Soy un cuadernillo sin ego, y quiero seguir así. Deje de utilizarme para plasmar en mi rostro pálido, su poema.
Váyase, váyase, con sus rimas a otra parte, váyase.

jueves, 16 de junio de 2011

Escena

A mitad del paseo bajé de la bicicleta, aproveché para descansar unos minutos me quedé mirando el contraste de paisajes, luego continué a pie, llevando la bicicleta a mi lado. La ciudad iba quedando atrás, poco a poco con la lentitud del un sencillo paso sin más, el pasado iba quedando a mis espaldas. El paisaje empezaba a ser diferente. Se oía una corriente de agua.
Al cruzar sobre el río, sobre un recio puente de madera, descubrí que un camino  orillaba un pequeño bosque estirado, en forma de hilera, ladeando las aguas. Empecé a dudar, el puente se acabó, el camino iba a ambos lados, no sabía si girar a la derecha o izquierda…
Ignorando el motivo decidí encaminarme por la vertiente izquierda, pero también hubiese querido dirigirme hacia el otro lado. Quererlo todo me bloqueaba.
Empezaba a cansarme de llevar la bicicleta a pie, así que subí y opté por el pedaleo, el camino se empinaba, a una media distancia, no demasiado lejos, vi un rebaño de corderos y otras ovejas.
Quería hablar con el pastor, para preguntar a que lugar me llevaba el camino, pero no lo veía por allí, por tanto, en ese momento no podía preguntar nada, fuese posible que el hombre estuviese tras algún árbol descansando.
De pronto los tres perros empezaron a ladrarme, venían a por mí.
Tras unos minutos denunciando mi presencia y angustiándome, surgió el pastor como un misterio, como un milagro, caminando con una gran paz y serenidad que no me contagió.

jueves, 26 de mayo de 2011

<< Félix >>

Me encontraba en el pequeño balcón de la casa de piedra, mirando en dirección al sur del medio día, según el Sol. Se decía que la casa podría tener más de trescientos años de antigüedad.
El calor pegaba fuerte. Pero valía la pena. Allá arriba no había humedad, se notaba y se agradecía en voz baja y sin euforias ni desmadres.

Al paso de unos cinco minutos, veo al gato de la casa, por allí lo llamaban Félix. Estaba saliendo del pequeño pueblo sin los servicios mínimos, ni siquiera tendido eléctrico y con dos o tres personas empadronadas.
Iba el animal, ni despacio ni deprisa, a su paso, descalzo, sin botas el gato. De hecho, en los últimos meses nadie le había propuesto interpretar ninguna obra para el teatro ni nada de eso. Además Félix era un gato muy normal y sencillo, no le gustaban ni los aviones ni los aeropuertos.

Félix caminaba poco a poco, cada treinta y cinco centímetros paraba, bajaba el morro y olisqueaba la tierra, las hierbas, olisqueaba la tierra sobre el planeta, las hierbas y hierbajos.

Félix estaba alejándose cada vez más. Caminaba reposadamente, como si conociera el lugar de sobras.

¡Iba a buscar lagartijas!

Justo al llegar a la curva de siempre, se detuvo, giró un poco la cabeza hacia atrás y miró otra vez al pueblo, y yo lo estaba viendo, a pocos metros, desde el balcón. Parecía que me estaba mirando, pero no estoy seguro.

Pocos segundos después retomó la marcha. Se fue, giró en la curva, caminando por el margen del camino, para no ser molestado.
Iba en busca de lagartijas, lo hacia algunas veces.
Y desapareció entre la espesura del campo, entre malezas y arbustos. Desapareció entre la grandiosidad de los montes.

Nunca más volví a ver a Félix, de todos modos a los dos días también debía regresar a mi residencia habitual. Pero en esos días que estuve por allí no volví a verlo.

¡Félix había ido a buscar Lagartijas! Recordé que él era independentista y libre. Era o es de la familia de los felinos.
Se marchó sin decir nada a nadie. Siempre lo hacia, de hecho alguien nos advirtió que si ese animal avisaba antes de irse seria un síntoma de que sufre algún problema.

Era un felino independiente, que hacía lo que le daba la gana. Era un especialista.