jueves, 30 de octubre de 2014



Estaba en bastante silencio, ultimando un poema sobre las cosas de la vida, algunas, las pequeñas y corrientes; y escribiendo cerca de la ventana casi a un palmo y medio, y mirando el cielo ahí delante; y dicen que es grande oscuro de noche, se engrandece cuando no lo vemos cuando a oscuras dormimos, la imaginación, la ciencia, lo hacen muy grande muchos y muchos pájaros tienen allí espacio; pues cerca de la ventana ahí delante, extendido ahí arriba como una idea fija una idea de varios lados, con su color característico según la noche el día el sol la nube.
De sus moléculas surgía la lluvia seca, el bochorno humedal en el cercano entorno; y entonces cuatro pájaros no palomas no, no gaviotas, tampoco; no buitres, no carroñeros, no; no cuervos ni urracas, no patos de estanque tampoco, no.
Avisté pues, tales seres voladores no identificados, y el poema se detuvo se contuvo, se aplazó, y me asomé, en pie, y no tenía un mirador que catase lejos no, y no acerté a finalizar tal poema acaso fluyera, ya no, pues absorto como una narradora imaginativa visualizando un acto de artesano arte puro.
Y lo dejé así, y las aves que no identifiqué no pude, marcharon, y quedó el poema como con la boca abierta a la espera, y entretanto las aves, el cielo las hizo, diminutas en dimensión pequeñez, en remoto desaparecer, dispar algún lugar, por allá a lo lejos.
Y tal vez en algún más allá de estos o de aquellos en lo bendito inexplicable.
Y ya nada advertí, nada, nada más.
Y el poema no protestó, fiel quedó.

viernes, 25 de julio de 2014

Si yo...

Si tuviese un perro me parece que lo llamaría Mantel pues suena bien y también suena a don Manuel, emérito políglota sobre una cátedra hecha con buenas maderas llamadas nobles ahí sentado hablador de lenguas literarias fuese quizá un tal don Manuel; y lo mismo suena a doña Isabel, la tiradora honesta de cartas, mujer honrada que siempre renunció a utilizar en sus consultas, y más con las cartas ya boca arrima evitó usar vacíos e ingeniosos adornos lingüísticos, espumas con deslumbramientos, y las inofensivas y temibles perogrulladas. Ah, si tuviese un…Mantel lo llamaría.

Pero tener un perro suena también a cenas de memoria, a ficción hecha cinematógrafo; suena a idea poco probable en suceder.
Pues al parecer suena a agua de borrajas.
¡Si tuviese un perro llamado Mantel…., ah, a cuantos lugares comárcales y provinciales y regionales, de paseo, de caminata, con o sin vara, con o sin cayado, con o sin estaca me iría con él!

Mantel.
Ladrido tirando entre grave y agudo.
Cuadrúpedo robusto y despierto, de color blanco con manchas negras como una vaca de granja o de monte inclinado mirando al río, ahí abajo, cerca de la vieja presa esa donde algo de rastro deja el camino desfigurado; a esa presa, esa a la que ya nadie, ni siquiera el viejo ocioso nadie va ni se acerca ni pasea para allá; las autoridades olvidada la tienen, así está…, que ni en los periódicos locales..., ni mu.

Mantel.
Perro alegre si lo fuese, y vivaz; y caminante y trotador, y animoso de paseos.
Paseos para acá, donde el aliento expande sus alas transparentes que levantan aromas entre polvaredas familiares de viejas tierras que se negaron a abandonar a sus primos hermanos los caminos.
Y con Mantel, por las tardes, ya de vuelta, al regresar, al animal lo miraría, y con un ademán gesto amistoso lo invitaría al cuadrúpedo fiel, a que viniese hacia aquí al camino, el fisípedo caminador…; así hiciese si así fuese, si tuviese un perro al que llamaría Mantel que al parecer escrito está que suena muy bien.

martes, 27 de mayo de 2014

Es ella




Es ella. Es la mujer con el cabello a la altura de la tarde, con las pupilas llenas de sonrisas hechas de colores. Se detiene ante el sol lejano, se detiene ante los caminos y los senderos, y las sendas, y allí, quieta ella tomándose un respiro lleno de lentitud y tiempo paciente que no conoce prisa; y se inclina y se inclinó, lo hizo ante los caminos para verlos mejor, para disponer de una mejor panorámica; se inclinó, sí lo hizo, para bien mirar en busca del detalle y su pequeñez.
Y con un gesto muy pequeño baja y bajó la mirada, y quedó el pequeño detalle ante sí expuesto ante ella; pues la mujer lo encontró, allí estaba, pues en uno de los caminos a la espera ante sí; y lo emprendió, el camino de los detalles que son pequeños.

sábado, 29 de marzo de 2014

Casi cada tarde



Casi cada tarde, sobre la mesa una botella, allí el vino y vasos para sus pocos amigos, medio llena o medio vacía, que a fin o a principio de cuentas, resulta, más o menos, ser lo mismo.

Su rostro corporal, está ya muy anciano y colorado y ácido, pero él sigue fumando y fumando su cigarro envuelto en sospechoso humo, uno tras otro, suma y sigue.
Su rostro, pétreo, en el fondo sonrojado, diezmado.
En su rostro la soberbia recogida por el reivindicativo ayer de este homo osado, y de temperamento impaciente y suspicaz mecha, de salud muy delicada andaba el hombre de voz soberbia, crecida voz.

Entre sus dedos un pincel, delgado como él.
Este homo amante de los colores, de los lienzos y del antiguo arte del pintar silente, y paciente y luego, en otro día, a exponer en algún alejado bar, junto a una bebida del color del vino como el de la botella a medias en la mesa.

Dos, tres, cuatro pinturas apoyadas, por acá, por allá, por detrás de, tiene el hombre en su estudio abierto al público, entrada libre, hecho a mano, reza el discreto letrero, de un clavo clavado acabó el papel colgado.

De algún zoco, o un rastro una estantería saldría.
De madera algo vieja, la tenía comprada, y allí colocados cuantos unos libros muy viejos no tanto; de teatro, de poemas, de algunos autores declarados desconocidos; y populares cuentos de cubiertas destempladas y endebles por el humo y un cigarro, y por el reflejo verde de la botella sobre la mesa, medio llena, medio vacía que a fin de, a principios de, pues lo mismo da.

Del hombre, hacia días que nada sabía, no lo veía desde hacía tiempo atrás, poco, unas semanas quizá; y sin señales de; de lo sucedido luego me enteré.

Su cadáver, según dicen, estaba sobre la cama fue hallado.
Quizá por alguna enfermedad, vieja conocida de la medicina.
Su cuerpo finado se había difuminado, en el lecho encontrado, quizá algún pariente fue, quizá pues alguien lo sabrá en la intimidad del cementerio civil.

Las pinturas siguen serenas, de su estudio las retiraron, quizá alguien vino, las compró, se las llevó; y las obras firmadas, abajo en un rincón su nombre Ramón; aquel popular anciano tan animado anónimo, desconocido; y sobre el hule el vino, y con sus dos o tres amigos hablando y bebiendo y mirando el pasar de la calle ante su local, para siempre, sin él.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Suavemente

Suaves vueltas de tierra blanquecina.
Hechas por el paso de pasos, día a día.
Revueltas de estrecho sendero, serpenteante.
Bajo el qué hacer de las penumbras del cercano ocaso.
Y en el mañana el cercano amanecer.
Junto al pequeño monte que imagina en alzarse algún día.
Tras la ligera loma, admirando un pedazo de la casa de labranza que aún asoma.
Tal y como sucedió el año pasado, ayer.
La anciana con un mendrugo de pan, la casa, mirando en la distancia.
Largos y cortos paseos.
Tal y como sucedió ayer.
Manos duras sujetando un mendrugo.

martes, 28 de enero de 2014

Aza...


Aza, de Azafrán.
Aza es un niño, en su aldea, en su casa; un chiquillo, la adolescencia ya llegará.
Aza asomado a la ventana, en su habitación de paredes azuladas como tratándose de un cielo que está tranquilo.
Un horizonte, una perspectiva un cielo despejado, quieto, lleno de paciencia con alas voladoras, músculo y plumas.
Su habitación tiene un cielo azulado de yeso, donde Aza, el chiquillo, en su habitación, ahí tranquilo mirando.
¿Quién hizo aquellas ventanas, Aza asomado?
Ebanista y carpintero, artesano de la madera, su abuelo.
Aza el chiquillo aldeano, mira por la ventana al fondo, el horizonte,
donde antigua reside la ciudad descansa,
la ciudad de los muchachos y las muchachas de la ciudad de los niños,
y de las niñas, la ciudad de los padres y de las madres. Y de los gatos callejeando.
La ciudad de los….
Y de las…., la ciudad.
Aza, mirando desde su ventana, alegre empero cansado, ahí está la ciudad avanzada y dormitando, y despertando a sus andanzas, el orbe mundo universo.
Aza está enfermo, la medicina moderna y civilizada y bien equipada ha dicho que no puede curarlo, Aza ha sido desahuciado, sus síntomas fueron descatalogados por sus síntomas lo abandonaron.
Contento Aza y apoyado en el marco de la ventana mira en dirección a la ciudad.
Su tío abuelo es un buen curandero sabio, un chamán.
Aza está con el chamán, curandero que loa a los vientos frescos limpios que suben por el sendero, y bajan por la ladera matinal.
Aza está tomando un brebaje.
Muy mal le sabe a sabor áspero, hepático.
Aza tomando el brebaje a desazón sabe, arrugando la cara, muecas.
La adolescencia espera a Aza.
Aza surcará los mares de la vida. 
Alegre, con voluntad de vivir.