lunes, 26 de noviembre de 2012

Y la tierra no era suya



Lo recuerdo muy bien.
Su manera de caminar me daba miedo.
Su muleta de empuñadura blanca reproduciendo un clic, clic.
Su cara era un rostro como de mayordomo siniestro y sospechoso de.
Ese clic pequeñito se movía mecánicamente, amenazante en sospechoso sigilo.
Un clic, clic, anunciando una cercana cuanta atrás.
Su rostro estaba dolido por el templo y el acomodo de una soberbia rigidez de apretada dentadura.
Con su rostro de piedra arrastraba esa dolorosa pesadez vital, lastre y más lastre.
Sus dientes siempre apretados, rabiosos, para que la rabia no pudiese huir de aquellas entrañas, entrañas rinolófidas color caverna, rabia que era perfeccionada día tras día, cara roja e hipertensa como testigo y aval.
Sus manos indiferentes, beligerantes, estratégicas, gruesas, ataviadas con callos para poder despreciar a la sensibilidad; dedos cortos y gruesos dedos de tipo duro y cojo y muletazo y rígido que discutía con la existencia a través de sus actos carentes de algún tipo de clemencia, de flexibilidad, de misericordia, de comprensión, de...

Recuerdo aquellas crías de gato condenadas a una vida demasiado excesivamente breve, yaciendo recién nacidas, en sus dominios del hombre de la empuñadura blanca y la cara roja ardiente, gatitos en su propiedad yaciendo, descansando, y vibrando.
Que tuvieron el infortunio de nacer en camino particular protegido por ley y juzgado y amigotes, que tuvieron el infortunio de nacer con ese nefasto clic rondando al acecho; gatitos impotentes e indefensos yaciendo sobre una diminuta porción de tierra privada que su mamá gata creyó segura, criaturas con los ojos aún cerrados sin poder ver a ese temible y metálico y frío y plástico e intransigente clic, clic, condenando, anunciando a esa atigrada gata recién mamá que algo malo iba a suceder a sus crías de poco tiempo, descansando en un pedazo de tierra particular, prohibida al paso; propiedad particular letal.


miércoles, 21 de noviembre de 2012

Escribir

Con el tiempo y algunas gotas de dudas, empecé a escribir. Me puse a ello sin las autorizaciones parentales pertinentes, sin los vistos buenos paternos.

Logré comenzar y acabar un libro de relatos publicado con el título: “Por fin se arriesgó... y otros relatos” está localizable en Bubok.com; introduciendo volskiervers en el buscador se nos aparece como por arte de tecla y magia.

Acaso aprendiz de aprendiz con licencia para cometer errores, se verá ello reflejado en el contenido del libro, en sus tramas e historias.
En sus bocetos y planos, en sus estructuras, en sus decorados, en sus andamios, en sus engranajes, en sus canalizaciones, en los bajantes, en su cableado y en los acabados, en sus giros esperados e inesperados.
En los ritmos, en las velocidades, en los argumentos, en las sugerencias e insinuaciones, en sus narraciones, en sus prosas presas del viaje sin prisas ni precipitaciones; en sus contradicciones y en sus paisajes psicológicos y geográficos, y en sus efectos especiales entre la ficción y la realidad.

Fin

P.D. Una vez a alguien le estaban reclamando con cierta insistencia , y éste respondió al reclamante: “Siempre hay tiempo.”



jueves, 8 de noviembre de 2012

Palabras Poetas

Abro el libro por la novena página, empiezo a leer un poema, voy por la segunda estrofa; me distraigo con el movimiento de la rama de un árbol en el parque. El libro queda abierto y sujeto por estos dedos delgados y grises en épocas de frío, dedos que quieren aprender a tocar la escritura. Dedos rajados por diminutas incisiones a carne viva en días de viento gélido, de ese invierno alias equinoccio, que cuando le toque regresar regresará en su caballo preferido color blanco nieve niebla.

Sigo distraídamente atento a la actividad de la mente, sigo leyendo en silencio a esas hojas del verano en el parque caluroso, alias equinoccio; colillas alias pitillo, algunas, sí, en el suelo; haberlas las hay.

Verdes esas hojas, en esos árboles, atrapadas en este mundo sin escapatoria, pero a merced del viento, en este recinto de aquí, éste, entre inmóvil y quieto, aunque la tierra gire; parque pateado como cualquier camino caminado; hojas como ésta que está aquí, hojas que van a parar a la tierra, ésta, esta tierra que las sociedades industrializadas y fabricantes no llaman madre.

Sujetas las ramas al elemento madera de grueso tronco, sin que le falte el agua, lluvia y riego a manguera, saliendo de su nido su madriguera un camión cisterna.

Un pájaro canta la canción del ave, otro interviene e irrumpe inteligente, y otro que pasa por allí escucha con atención. Abajo en la tierra, ésta, que muchos y muchas en esta sociedad industrializada con orgullo y algo de soberbia, no llaman madre, una paloma, no sé si mensajera, pero paloma pico tiene, parece despistada, camina de un lado a otro, picotea un afeado pan mendrugo, sucio y cien veces pisoteado, sin aseo, polvoriento, enmohecido, pedazo de pan junto a una Cucaracha, especie de criatura que camina por aquí.

La madera del banco en forma de asiento y respaldo, espera, con ganas de leer poesía...
¡que haberlas las hay!

La seducción, de una distracción, surge de nuevo.
¡Nuevamente una señora!, la señora, hablando con su perro mascota de pelo corto, atado a una correa del tres al cuarto buena correa debe ser.
Es la señora que respeta tanto a los perros, tanto respeto, que los trata de usted, como si fuesen personas, de usted, y la gente se la queda mirando, con educación de academia internacional, con el entrecejo encogido, retraído; escandalizada; con una elegante y envidiable discreción de alta escuela; ¡qué arte!, exclama esta exclamación.

Aparece el vuelo peculiar, de un murciélago, atraído por la tarde que también está permanentemente de paso; y un sol, cualquiera de los que aparecen cada mañana, cualquiera de ellos, ahora descendente, ofreciendo su colorido a esta estampa; tanto si es el sol del Lunes, o el sol de Jueves, cualquiera vale, todos los soles de la semana, se parecen tanto entre sí....

Una poesía que aparece, a una rama temblorosa sujeta a su querido árbol, que nadie, con un mínimo de prejuicios abraza.

Las palabras, escritas, habladas, cantadas, dibujadas, esculpidas, talladas, solfeadas o significadas o simbolizadas, son, no dejan de ser, poetas y poetisas, bellas bellezas entre estrofas.
Pero a veces, surgen esas metáforas de los oscuros valles de la efectiva y exitosa y seductora y poderosa y armamentística, arrogancia.

Tal vez sea poesía un expresivo rebuzno mugido verde sobre pastos de alimento, o tal vez poesía sea el ladrido de un gato que maúlla un quiquiriquí con acento en la última...Y, tal vez, sea poesía ,ver, escuchar, a la cascada bañarse en sus propias aguas cristalinas, espumosas, vertiginosas.
Tal vez el vivir sea hacer y deshacer poesía frágil como la porcelana, frágil como tú, como yo, frágil como la misma fuerza…, tal vez así sea hacer poesía...Como un ganso que cantaba o canta cantará, en alguna granja una metáfora con nubes y riachuelos cercanos, clamando “¡dejadme volar”!...


Tal vez haya momentos, en que la poesía no quiera estar presente, quizá a veces la mente humana sea demasiado dura consigo misma, y la poesía no perdure y se ahogue.
Tal vez, los poemas no quieran estar en cualquier lugar, en cualquier cajón, en cualquier hogar.
Tal vez los poemas necesiten, de vez en cuando, que los escuchen.







jueves, 5 de julio de 2012

Cuidado con el vecino (Poema)




Son las cinco menos cuarto de la tarde y el reloj es redondo.
Con puntualidad cuelga de la pared, sin marearse aun dando vueltas las agujas sujetas a su centro pues no es digital, ¡vaya uno para las modernidades!

El  reloj de los abuelos tiene gruesas agujas que se mueven dando diminutos pasos descalzos, haciendo voto de puntualidad, como insinuando que no todo avanza tan rápido en la exitosa y forzada sociedad de la impaciencia.
Colgado en el paisaje blanco de la pared juega artificialmente  a ir cosiendo un instante con otro.

De fondo suenan tímidamente rebeldes las noticias de las cinco, de las cuatro, de las tres, de las dos, ¡que importa!, pues para eso es el viejo y magullado transistor.
Aún con pilas está radiando la vieja actualidad de siempre.
El abuelo con el oído pegado al aparato y con miedo a que alguien tras alguna pared vecina descubra tal clandestinidad atiende al chisme con cuidado, cuidándose, ¡por favor!, de hacer aspavientos verbales en caso de buenas noticias.

jueves, 24 de mayo de 2012

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Éxito  (Poema)


Estaba sentado en una mesa, la gente esperaba su turno para que les firmara un ejemplar.
La última vez que lo vi estaba sentado en un banco público, era una media tarde; estaba cabizbajo, con un libro abierto entre sus manos. No pudimos hablar. Yo estaba más obsesionado con el éxito, él muchas veces me decía que el triunfo es diferente al éxito. Recuerdo que en una de nuestras últimas conversaciones, me dijo “muchas veces luchamos contra lo que queremos hacer.”



martes, 20 de marzo de 2012

El Tenor

Salgo a la calle.
Arriba, sobre una antena, de una televisión cualquiera, un mirlo canta y canta. Detrás del mirlo está la tarde, ¡como cada tarde!, acompañando, escuchando. Más allá, no demasiado lejos, el Mar flotando en el Océano a veces costero. El oleaje bañándose espumoso albornoz. Y las olas, humedecidas, mirando.

Le digo al Mirlo, ¡Canta, canta, bonito! ¡Canta!
Pero él no me hace caso, me ignora y sigue cantando.
¡Me hace caso!” dice mi estupidez interior.
Y en su ilusión, esta mente se alegra.


jueves, 1 de marzo de 2012

Barato, Barato (Poema)

Una vez estuve en un mercadillo, cierto que es cierto.
Paseaba por los pasillos que hay entre paradas. Cierto, cierto, se trataba de un mercadillo.

Una de esas paradas tenía cosas variadas. Usado y viejo, en el suelo sobre una lona, sobre la cual también libros, y más libros, mas gritaba el hombre: “barato, barato.”
Libros envejecidos, usados de segunda mano, de tercera y hasta novena mano, colocados en el suelo empero en orden, con el lomo mirando arriba, libro junto a libro.

Algunas personas y personas, curiosos y curiosas, aficionados y aficionadas, coleccionistas y coleccionistas y gustosos y gustosas de la vieja lectura, allí parados mirando lomos y algunas cubiertas de cuentos, novelas e historias en hojas de papel viejo y usado por los años sucedidos que han transcurrido.

De pronto…
Llegó alguien con un cachivache para dejar en la parada para vender, y el hombre de la parada empezó a pasearse sobre los libros que tenía expuestos o indispuestos sobre la lona, como si los libros fuesen una alfombra de novela y cuento, una alfombra de narrativa y de revista; los pisoteaba para pasar al otro lado donde estábamos los curiosos y curiosas y aficionadas y aficionados.

Los iba chafando, con total indiferencia, pisoteando  tal cual esa alfombra, con sus zapatos aquellos libros, cuentos y novelas iban siendo aplastados.
Y el vendedor, durante aquello, y después, seguía diciendo: “Barato, barato.”
Y en tanto así seguía, que no miraba al suelo, mostrando desinterés por aquellos pobres libros viejos pisoteados bajo esa voz del: “Barato, barato”.
No mirando al suelo, como enseñando que un libro por muy sagrado que sea, sigue siendo un simple libro.

martes, 24 de enero de 2012

A las nueve de la noche

La oficina va a cerrar ya mismo, en la calle hace frío y para colmo falta poco para que empiece la película de terror ,y María del Mar es una enamorada de ese tipo de películas que tanto afectan y condicionan a ese niño tan necesitado de paz y cariño, que llevamos en nuestro interior.

Ella sale de la oficina con prisas, debe llegar antes de que empiece lo que le atrae; paredes mugrientas, fracturas de huesos, asesinatos, amputaciones, hemorragias, gritos, llantos y estados depresivos.
El ascensor del edificio se avería entre dos pisos, no hay nadie con ella, su garganta traga saliva por la asfixiante situación...
¡Por fin!, el ascensor reanuda la marcha vertical...En dirección a la calle.

Su caminar es presuroso como si huyera de sí misma hacia algo que le ajustará las cuentas. Decide que adentrarse por el callejón le ahorrará unos valiosos minutos.
Aún en la calle, al adelantarle alguien desde atrás se sobresalta por la súbita e inesperada presencia y emite un pequeño y contundente grito, el individúo ni se inmuta, acostumbrado ya a ciertos comportamientos de ciertas personalidades.

Tras el susto sigue caminando. Su cara está contrariada, su ritmo cardíaco apresurado.
Al girar para entrar en el callejón algo la frena, se trata de una silueta más adentro, la escasa iluminación le impide ver con claridad.
Hay un individuo apoyado en la pared del estrecho pasaje, posiblemente tomando el fresco. María del Mar se lamenta y opta por salir otra vez a la calle principal e ir a su casa por el camino de siempre...Pero por ese camino se le hará tarde.
¡Caramba! Protesta el mecanismo de las quejas. Por el callejón no ha podido ser.

La televisión no espera, la película ya ha empezado, y ella... está metiendo la llave en la cerradura. Un giro, dos giros, la puerta se abre. Entra en casa, pero...
Aprieta los dientes en señal de resignación.
¡Hay un problema!
¡María del Mar tiene un problema! ¡Con tantos problemas auténticos como hay!
¿Dónde está el mando a distancia? ¿Dónde? ¿Dónde? ¡Piensa! ¡ Vamos Piensa!
¡¡Aquí está!!
¡Ya lo tengo!
¡Ya lo tengo! ¡Por fin la película de terror! ¡Oh, que bien! ¡Sufre niña! ¡Sufre!
¡AAAAH!
¡El mando no tiene pilas!
¡Dita sea! ¡Maldita película!
¡Al carajo con la película esa de las narices!
María del Mar estaba muy nerviosa con todo aquello, demasiadas cosas desde que faltaran pocos minutos para salir de la oficina hasta expulsar todo la resignación.

Con la experiencia, la reflexión, la indagación... fue cambiando, y empezó con que ciertas aficiones dejaron de interesarle, decidió cuidarse también por dentro, incluyendo lo sutil y más inadvertido.