A mitad del paseo bajé de la bicicleta, aproveché para descansar unos minutos me quedé mirando el contraste de paisajes, luego continué a pie, llevando la bicicleta a mi lado. La ciudad iba quedando atrás, poco a poco con la lentitud del un sencillo paso sin más, el pasado iba quedando a mis espaldas. El paisaje empezaba a ser diferente. Se oía una corriente de agua.
Al cruzar sobre el río, sobre un recio puente de madera, descubrí que un camino orillaba un pequeño bosque estirado, en forma de hilera, ladeando las aguas. Empecé a dudar, el puente se acabó, el camino iba a ambos lados, no sabía si girar a la derecha o izquierda…
Ignorando el motivo decidí encaminarme por la vertiente izquierda, pero también hubiese querido dirigirme hacia el otro lado. Quererlo todo me bloqueaba.
Empezaba a cansarme de llevar la bicicleta a pie, así que subí y opté por el pedaleo, el camino se empinaba, a una media distancia, no demasiado lejos, vi un rebaño de corderos y otras ovejas.
Quería hablar con el pastor, para preguntar a que lugar me llevaba el camino, pero no lo veía por allí, por tanto, en ese momento no podía preguntar nada, fuese posible que el hombre estuviese tras algún árbol descansando.
De pronto los tres perros empezaron a ladrarme, venían a por mí.
Tras unos minutos denunciando mi presencia y angustiándome, surgió el pastor como un misterio, como un milagro, caminando con una gran paz y serenidad que no me contagió.