miércoles, 26 de junio de 2013

La vía de la simplicidad



El gato se me queda mirando, tranquilo y sereno vigilante mientras escribo este texto, el animal atento. Abre sus pequeñas fauces, bosteza, se relame, se acomoda aún más sobre el cojín, blandengue, cómodo. Por unos segundos panza arriba para ser acariciado así se acaba de posicionar, el animal sigue atento.

El gato se levanta, se arquea como el perfil de una luna media que asciende por la montaña invisible, luego baja un poco el lomo y se marcha caminando con elegancia y buena suspensión independiente en las cuatro patas, no de palo, pero sí pata de pelo; mamífero discreto, sin hacer ruido se retira a beber agua fresca del recipiente a temperatura ambiente, muy cercano bajo la ventana a la sombra el agua y su recipiente.

Una paloma se ha colado junto a las macetas llenas de tierra y flores, el pájaro mira a su alrededor, al suelo le ofrece un pequeño paso, luego otro e ir avanzando.
Allí cerca el gato parapetado, acechando al pájaro volador de vuelos bajos.
Sigiloso y estratégico felino doméstico vigilando, como preparado para algo, quizá esté tramando cosa harto felina.

La paloma se va, alza el vuelo, desaparece por los cielos esos que hay ahí arriba, de color gris y con ventanas y edificios acondicionados por aire de circuito a la máquina.
¡Por ahí arriba, la paloma se alzó en alas y desapareció!

Al acecho el gato se queda como si nada hubiese sucedido, se levanta, vuelve a su cojín en el patio medio cubierto con aire fresco del que pasa y mueve según qué, algunas cosas, empero no todas el viento no se lleva.

Este texto, entre estrofa y estrofa crece, ahí el gato observa pequeños detalles de lo cotidiano en su campo visual y sensorial, sembrado de pequeños desafíos y alguna escaramuza consigo mismo y gatuna.

Miro por la ventana…, en reflejo se aprecia al gato mirando sin mirar sobre su cojín, descansando o quizá preparándose para.

Los gatos siempre están a punto o preparándose para entrar en acción, para lo que pueda suceder; incluso llegado el final de esta escrita historia sigue preparándose igual, el gato sigue estando atento, el gato es un animal atento que casi siempre te desatiende además es muy independiente.




martes, 18 de junio de 2013

¿Hoy, qué me pongo?

El sol asoma por las rendijas habitantes en la ventana de una nueva jornada; me incorporo ante el nuevo día que se inició en un lugar que al amanecer llaman alba. Me incorporo ante una nueva oportunidad que me envuelve con travesaños de experiencia, y se me quedan mirando los ojos de la realidad quedan mirando quizá esperando. Ante ella despierto de un sueño dejado atrás; y entonces pienso:
¿Hoy, qué me pongo? Y voy despertando ante la realidad que me mira atenta.

Tomo un poco de asiento del que hay en una silla junto a una mesa, miro a la magia del despertar, y otra vez: ¿Hoy qué me pongo?

¿¡Me pongo…!? A…, a… escribir unas líneas, he cambiado de idea por otra idea, algo indeciso pensaba, apenas ha amanecido.
Sí, podría ponerme a ello, semejante acto sería tal vez bello entre los últimos restos del sueño que se van diluyendo ante las fuerzas vigilias, ponerme a escribir, ergo en breve estaré más despierto pues.

Tengo este poema inacabándose, empero podría concluirlo ponerle fin, quizá me queden dos versos, quizá alguno más tres…, hay cosas que no se sabe cómo acabarán pero sí empiezan.

¿Me pongo a ello? Sí, tal vez, sí, estará bien ponerse a.
Tomo un poco más de asiento del que hay en la silla, me situaré allá en el rincón con gafas de arquitecto de la habitación, bajo el cuadro que habla en color vario, donde la ventana deja asomar al curioso día, el mismo que en más o menos breve marchará, sí, y tímida la noche se pondrá tras el sol, le dejará sitio, será luego, cuando los pájaros manden y lo digan, lo anuncien, siempre extraoficialmente, con melodías de monosílabos, como cada orificio de una flauta descendiente de un árbol al que ahorcaron para poder hacer cosas y muchas más otras tantas, como una flauta que sabe nada de cantos ni de músicas, nada de nada sabe.

Me pongo… a escribir pues que así sea, a continuar esta historia, ésta.
Contada bajo la techumbre o quizá bajo la máscara de un cuento, bajo la jornada, bajo el vuelo de la acompañada gaviota quizá con pata de pato, bajo la brisa que alisa las nubes lentas en procesión sin meta y allende vayan tomando buena dirección, las nubes no beben mate pero riegan el campo y el pájaro procura resguardo.

Me pongo con estas líneas que no saben por sí solas cómo arreglárselas ni componérselas; bajo ésta, esta mañana, acabada de presentarse, reciente, hace poco que sucedió tal apenas ha amanecido que el sol ha salido por donde siempre, ¡qué manía!.
Me pongo a estas líneas serles útil, que necesitan de alguien que las ponga en pentagrama, en vereda, en forma para que tengan sentido, alguien que les dé sentido y sensibilidad; ellas por sí solas no...
No pueden, no saben, me pongo a pensar.

jueves, 13 de junio de 2013

El Velero

Sobre una mesa reza una vela con una llama ofreciendo a su alrededor una pequeña, brillante, amarillenta luz a veces tímida, frágil como una mente que busca fortalecerse; empieza a deshacerse la cera con esa pequeña y solitaria llama a esa altura cilíndrica que con cariño exploró y recorrió el artesano velero parte de la noche estando en vela.
De súbito un frenesí, ¡porque sí!, ventisca diminuta borrasca de viento viene e irrumpe en la sala, donde la vela confiada descansa eso creía descansar.
Sobre la mesa la vela, su llama luz pequeña se tambalea...; parece que pierde el equilibrio funambulesco volatín volatinero...; de un lado a otro se tambalea, oscilando, trastabillando, la llama en su pequeñez se ladea borracha sin embriaguez, serena se tambalea.
Parece que se apague, empero no quiere desaparecer, empero no puede luchar contra el poder, fuerza del viento cobarde y valiente huidizo buen corredor; pero lo acepta no resiste y se nos va, la llama luz febril amarillenta se apaga, desaparece, va ha desaparecer por los rastros invisibles del humo, la vela sin luz se desvela; no sabe qué hacer, ni a dónde qué lugar misterioso hacia el cual partir..., la llama amarillenta acaba de sucumbir, se ha desvelado, ha marchado, rastro humeante legado nos ha dejado aroma pabilo aspecto, quizá olvidado; ya no está, la llama amarillenta estaba, pero ya no está, las corrientes en una, pasaron y se la llevaron.
Un marco de madera se dedica a cobijar a una ventana presunta implicada, pero ésta se abre en tan que ventana, ha sido un golpe rebufo propiedad del viento gesticulando con brusquedad, proclamado enemigo de las llamas frágiles carentes de, que se atreven a cabalgar sobre velas de cera nacidas sobre las mesas artesanales de labores manuales.
Soplo repentino aliento un soplo; el viento apaga, ha apagado la pequeña llama que vivía allá arriba sin beneficio pero con oficio. El viento, su miramiento y su ética la ha anulado más la ha fulminado, de su cilíndrica cima la ha sacado; se la ha llevado a confines doquier; sin preguntas, sin respuestas, una vez más la exitosa, dudosa injusticia ha vuelto ha doblegar.



La vela embalsamada, envuelta en cera queda quieta, su cadáver sin luz difunde un desorbitado y disperso hilo señal de humo funeral; la llama ha desaparecido, lo sé, se ha ido; se fue, se fue..., lo estoy leyendo en este poema. ¡Se fue! ¡Marchó!, la canción aquella nos lo avisaba, nos lo estuvo avisando, pero no hacíamos caso alguno, omiso. Y la llamita, pobrecita, ya no está en este mundo que parece únicamente lleno de visiones que se ven.
¡La llama, estaba, aquí!, hace un momento decayendo, él pasó, él sopló y como experto arrasó. También la canción arrasó, pero no quisimos escuchar entre líneas, lo esencial por alto se nos pasó; nos fijamos en el resulta y do, en el éxito, en el exitoso resultado, fijados en la parte exterior de la canción.
¡Y ahora..., la pequeña llama ya no está!, se ha ido, se fue, se fue, la canción nos lo avisaba, la pequeña llama extinguida, su tiempo se acabó.
Y aún así el hacedor de velas de cera sigue con su artesanía en demasía, haciendo velas para que a su luz se pueda escribir; seguir escribiendo canciones venideras con o sin porvenir a las que no hagamos caso alguno; omitir advertencias secretas en mensajes mundanos demasiado terrestres. La canción, la letra, nos estuvo avisando, pero hubo comisión de omisión de atención, y la llama no volvió, quizá era su finalidad, quizá era inevitable, quizá era la fuerza de la transparente ventisca pasa y barre.
Sonriente en comisura evidente, con una sonrisa en su taller el hacedor de velas, en silencio vital y no sepulcral; entre sus manos fabricantes preparando un hogar para una cima y su llamita, y pueda vivir en su casita arriba.
Sobre un estante un transistor, una canción canta una canción que arrasa y avisa, y advierte.
El hacedor de velas y el reloj de la pared se miran; y antes de salir queda cerrada bien la ventana, no sea que un nuevo soplo vital éxito vuelva como si estuviese rabioso, y la exitosa injusticia dudosa vuelva arrasando y vendiendo éxitos y más éxitos huecos y terrestres éxitos que vuelan como líneas de humo fino y oloroso de velas que se fueron a un destierro hogareño, olvido y cajón.
Necesarias canciones terrestres.