El puño anciano y arrugado del viejo activista se había erigido tantas veces como veces había llovido, erigido en nombre de sus ideales, buscando y señalando las injusticias de su mundo laboral, un puño incapaz de tender una mano sin mirar antes a quien, incapaz de abrir una mano con neutralidad, su puño cerrado de rabia, una rabia exigente, que lo bajaba para verse un obrero ofuscado y sentirse acorralado, con una causa en que proyectarse y motivarse. Un puño lleno de argumentos como líder de sindicato, de voz cantante.
Cosme se había pasado toda su vida pidiendo mejoras, pidiendo libertad, solamente él sabría si lo exigía porqué en su interior no había ni una cosa ni otra… Fuera posible que buscase fuera lo que no tenía en su interior. O que exigiese al exterior lo que dibujaba en su interior…
Pero un día murió. Y fue enterrado. No pudo morir de una manera sencilla y natural. Su vida no había sido sencilla y natural, su estomago había estado siempre rabiando por las injusticias que lo afectaron. Una sutil y escondida rabia hacia quienes lo oprimían.
Murió de enfermedad, murió con la ayuda de sedantes. De sustancias que no dejan al cerebro sentir el dolor de una enfermedad. Que no dejan expresar, manifestar las consecuencias, el sufrimiento de la enfermedad. Durante el ritual mortuorio, sus creyentes le ofrecieron una falsa fiesta triste, un homenaje pomposo, vestido de resignación y orgullo obrero y sindical.
Voluntaria o Involuntariamente se convirtió o fue convertido en un maestro que no supo o no quiso entender aquella infravalorada ley que dice: “Unos ven las cosas únicamente desde sus intereses o punto de vista, no pueden hacerlo de otra forma. Hay otros que ven las cosas desde varios enfoques o puntos de vista, o perspectivas. Y luego están quienes tienen visión holistica y ven, valoran alternativas, ven cada situación tal cual es, sin intereses personales.”
Alguien se alegró de la muerte del viejo Cosme, pero de cara a los demás no debía ni podía expresarlo, le convenía tener una actitud un poco falsa o hipócrita, era su nieto Lucas, él no debía decir que sentía una liberación, aunque también en cierto modo estaba algo triste, al fin y al cabo era su abuelo, su represor abuelo, su censurador personal y familiar. El viejo dictador de puertas adentro, nunca aceptó del todo a su nieto Lucas, la relación de nieto abuelo era frecuentemente una trampa, una encerrona para el joven, que nunca quiso vivir sometido a ideales ni dogmas, ni sistemas sociales ni sindicales, ese abuelo, intentó llevar a su nieto por el camino que no era. Y nunca se dio cuenta de ello.
A Lucas no le dejaron dedicarse a lo que más le gustaba, Inventar y Crear, siempre buscaba como ayudar a los demás con artilugios o cualquier cosa que solventara problemas. A veces colaboraba, compartiendo geniales ideas. Dibujaba proyectos, esbozos de cualquier mecanismo o artilugio que crease un beneficio o ayuda a cualquiera.
Y ahora que su abuelo había desaparecido para siempre se sintió libre, pero… ¿del todo? ¿Podría ser que el abuelo viviese dentro de su cabeza y desde allí, en forma de prejuicios y creencias influyera en él?
Lucas ya tenía ganas de ir al peluquero, ya era hora… Accedió al local, se sentó a la espera de que un cliente acabase.
Allí sentado presenció algo que lo gratificó, algo muy parecido a la vida que llevó su abuelo.
Había una jaula sobre una mesa, junto a la entrada al local, la puertecita abierta. En el interior un pajarito, gracioso aunque no supiera reír, un pajarito cantor o algo parecido, pero lo que pareció atraer y gustar a Lucas era que la puerta de la jaula estaba abierta, el animal salía, subía a la jaula, segundos después volaba por el local, y paraba donde fuese. Aquí y allá volaba, vuelos cortos por dentro de la peluquería. Y salía de la jaula y nunca abandonaba el local, nunca. Era un pájaro prisionero pero creía ser libre. No se atrevía a salir a la calle, o no sabía salir afuera, a cielo abierto, no hubiese sobrevivido sin que alguna mano lo hubiera alimentado, era el precio a pagar por esa libertad de juguete y entretenimiento.
Y Lucas miraba con una sonrisa de simpatía, y debió pensar,” mi abuelo también creyó ser libre, viviendo dentro de una libertad acotada y con puertas por las que no había de cruzar ni pasar, pero este animalito en cambio no esta resignado ni rabioso, esta feliz.”
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