martes, 28 de enero de 2014

Aza...


Aza, de Azafrán.
Aza es un niño, en su aldea, en su casa; un chiquillo, la adolescencia ya llegará.
Aza asomado a la ventana, en su habitación de paredes azuladas como tratándose de un cielo que está tranquilo.
Un horizonte, una perspectiva un cielo despejado, quieto, lleno de paciencia con alas voladoras, músculo y plumas.
Su habitación tiene un cielo azulado de yeso, donde Aza, el chiquillo, en su habitación, ahí tranquilo mirando.
¿Quién hizo aquellas ventanas, Aza asomado?
Ebanista y carpintero, artesano de la madera, su abuelo.
Aza el chiquillo aldeano, mira por la ventana al fondo, el horizonte,
donde antigua reside la ciudad descansa,
la ciudad de los muchachos y las muchachas de la ciudad de los niños,
y de las niñas, la ciudad de los padres y de las madres. Y de los gatos callejeando.
La ciudad de los….
Y de las…., la ciudad.
Aza, mirando desde su ventana, alegre empero cansado, ahí está la ciudad avanzada y dormitando, y despertando a sus andanzas, el orbe mundo universo.
Aza está enfermo, la medicina moderna y civilizada y bien equipada ha dicho que no puede curarlo, Aza ha sido desahuciado, sus síntomas fueron descatalogados por sus síntomas lo abandonaron.
Contento Aza y apoyado en el marco de la ventana mira en dirección a la ciudad.
Su tío abuelo es un buen curandero sabio, un chamán.
Aza está con el chamán, curandero que loa a los vientos frescos limpios que suben por el sendero, y bajan por la ladera matinal.
Aza está tomando un brebaje.
Muy mal le sabe a sabor áspero, hepático.
Aza tomando el brebaje a desazón sabe, arrugando la cara, muecas.
La adolescencia espera a Aza.
Aza surcará los mares de la vida. 
Alegre, con voluntad de vivir.

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