Os han disfrazado, a veces, de cosecha para cosechar. Permitís al zorro corretear durante la noche y dais cobijo al jabalí mientras sus galopes resuenan bajo la plenitud de la luna.
Os dejáis herir por el asfalto fabricantes de autopistas de felicidad y velocidad.
Nuestros campos que no son nuestros hablan en silencio, sus rincones, y sus llanuras caminan inmóvilmente, en compañía del ciclo muerte y vida.
Cuando nuestros campos que no son nuestros escuchan a la temible escopeta enfurecida y a los perros alterados, lloran en silencio, pierden todo su encanto. Es posible que la ciencia de los científicos ya lo sepa de antemano.
Nuestros campos secuestrados en cotos con cuotas, obligados a ver como van cayendo los pájaros heridos.
Nuestros campos que no son nuestros siguen, a pesar de todo dándonos vida y alegría, y sus rostros siguen disfrazados de necesaria cosecha.
Nuestros campos que no son nuestros, no fueron preguntados ni consultados, y así fueron tratados en su propia casa.
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