jueves, 4 de agosto de 2011

A media Tarde

L

A señora Agustina estaba sentada en su mecedora, junto a la mesa, en el pequeño salón de su piso, esperando a que el café; preso en la cafetera, saliera. Esa era la cafetera que le regaló su hermana, tiempo y meses atrás, y que aun funcionaba con total normalidad.

Hacía algo de frío en la casa, ya lo pronosticó el joven licenciado en meteorología, cuando salió en el informativo que hay en la televisión.

El imprescindible televisor ofrecía compañía virtual a Agustina, que era viuda y vivía sola, y además, quería vivir a su aire, sin que nadie le causara molestias ni quebraderos de cabeza, pero…
     El televisor, como muchas otras veces, estaba alto de volumen, molesto y sutilmente torturador; así era Agustina, esa era su comodona actitud.  ¡Que se oiga! ¡Que se oiga!

A mayor volumen, la falsa compañía estaba más cerca, en su casa, como si el contenido saliera de la caja y se postrara en la salita, a sus pies.
Con lo cual, las voces de la caja se oían bastante más. Esto le proporcionaba una gratificante sensación  de menor de soledad.
A mayor sensación de compañía virtual; más lesionado y sufrido quedaba el tímpano, puesto que el volumen crecía.
Puestos así, era incapaz de interpretar que el volumen bajo, podía representar a alguien que te susurra algo al oído, alguien que está a tu lado…
¡Dicen que de donde no hay, no se puede sacar! Y Agustina ya no va a cambiar, vaya disgusto cambiar a estas alturas del guión familiar. Pero ella no sospechaba, que siempre se puede cambiar, o por lo menos valorar como influyen tus decisiones en los demás… Una alternativa interesante era irse a vivir en medio de un campo, donde no incordiara a nadie. Pero por otro lado la señora Agustina quería vivir cerca de algún centro sanitario…Pero la realidad era otra, instalada en su pequeño piso.

Con el tiempo vendrían los problemas, ese tipo de problemas procedentes de abusar del ruido.
A más volumen, más daño auditivo, y a más daño auditivo más volumen para poder seguir escuchando a esas gentes que pululaban dentro de la caja y que parecían salir, para hacerle compañía. Un auténtico círculo cerrado. Sin ánimo de cambio.

Por fin el café empezó a subir. El pequeño depósito quedó lleno del ennegrecido líquido estimulante.
Mientras Agustina se levantaba como podía de la mecedora, y se adentraba en la cocina para vaciar sobre la taza el esperado y ansiado café, empezó a escucharse un pequeño estruendo por el patio interior de la vivienda, era un sonido mecánico, repetitivo, algo incómodo, pero que a la señora no molestaba, casi no podía oírlo.

La cafetera, saqueada de todo su estimulante contenido, quedó apartada en un rincón de la cocina, justo en uno de esos lugares donde en verano, en esa casa, merodean las cucarachas. En aquella vivienda, cada verano aparecían esos insectos, de estética futurista, bichos vibrantes, veloces y escurridizos, que no faltaban nunca a su cita anual, como una peregrinación en pequeña plaga o proceso migratorio.
 Poco después, la cafetera, ya sería lavada y guardada. Pero luego, en otro momento.
A continuación regresó a su tumbona tipo mecedora, o viceversa; sosteniendo un plato que a su vez sostenía a una taza hasta arriba de café espumoso; enseguida vendría volando una cuchara llena de miel y se sumergiría allí dentro, y empezaría a dar vueltas, concretamente unas cuantas, ni más ni menos. Primero dejó el plato sobre la mesa y luego sentó dificultosamente sus aturdidas posaderas, al iniciar este movimiento exhaló un sonido de sufrimiento, sus rodillas estaban fastidiadas. Una vez sentada cogió la taza y poco a poco fue bebiendo, disfrutando sorbo a sorbo de aquel momento.

Pasaron los minutos, mediante las agujas de un reloj de pared que funcionaba a pilas.
Junto a la escoba, que estaba apoyada en la pared, merodeaba tranquilamente una de las cucarachas, se desplazaba por el suelo, con libertad, pero la señora no la veía, además las gafas estaban sobre un mueble, junto a una cajita de cartón.
Con ayuda de sus obesos brazos de los que colgaban pellejos en la zona de los tríceps, se levantó de la cómoda mecedora. Con incomodidades y dificultades. Le molestaban las rodillas, las tenía hinchadas. Aquel trámite anatómico postural le creaba engorros. Iba a...

Ya sabía que el estruendo significaba que en cuestión de pocos minutos la lavadora terminaba su tarea. Una lavadora debe marear adecuadamente la ropa. Esas máquinas de lavar, centrifugándose se liberan de la ropa que deben aguantar en su interior.

El café ya había sido saboreado y consumido con deleite. En pocos minutos la cafeína se incorporaría al torrente sanguíneo. Su corazón se aceleraría con rítmicas arritmias, pero a ella le daba igual. Su cardióloga ya no sabía que hacer con este tema.

Poco tiempo después, salió al rellano de su casa y llamó a la puerta contigua. La vecina estaba en el lavabo, con la puerta cerrada, era la señora Alejandra, paradójicamente no oyó que llamaban a su puerta ¡Y eso era muy raro!

Era una mujer muy mayor que siempre estaba dispuesta a ayudar.
En realidad era un truco, una excusa, un argumento o estrategia, para entrar en esa parte de los demás que no era de su incumbencia. A la señora Alejandra le encantaba curiosear con cierto morbo lo que hacían los y las demás. De cara a la galería ayudaba a quien podía, y todo quedaba muy bien disimulado. De puertas adentro era puro morbo.
Estaba bien la estrategia. Parecía discreta. Pero en el fondo era una trampa que engendraba más trampa.
Cualquiera, con un poco de sensibilidad, podía verle detalles de persona mísera. En el fondo se le veían las auténticas intenciones.

Agustina, resignada al ver que nadie le abría la puerta, continuó con la ropa recién sacada de la lavadora y puesta en una palangana, escaleras arriba. Con las dificultades que esto le suponía.
     La terraza era comunitaria, y allí debería tenderla, por esta vez no pudo hacérselo su vecina de al lado. Doña Alejandra, encerrada en el lavabo.

Mientras ascendía por la escalera, pasó ante la puerta del piso superior al suyo, allí vivía una joven estudiante, era muy buena persona.
Entonces, Agustina, pensando en la persona que vivía ahí, susurró “Que buena es esta chica”.

Y al cabo de unos segundos se abrió esa puerta y salió la chica, y sin más dijo “Tú también, vecina”
Y sorprendida dijo “¿Me has oído?”

Después, aquella misma noche, Alejandra que había estado fisgoneando, desde primeras horas de la tarde, a ver que podía escuchar, aunque fuesen palabras sueltas, con la oreja pegada a la puerta de la casa o en cualquier pared, se resistía a sentarse a la mesa para cenar. La actividad del fisgoneo le absorbía mucho tiempo, y a ella le gustaba. Así que la cena podía esperar.

La joven estudiante del piso de arriba, tenía unos treinta y un años. Estaba acabando de cenar, y del piso de abajo, donde vivía Agustina, apareció como un fantasma de los que no existen, otro ataque de ruido, otro ataque a volumen alto. Queriendo o no, el televisor a todo volumen, era un arma para atacar a quien hubiese cerca. Un arma para repudiar cualquier atisbo de tranquilidad y placidez.
Ante esta situación de impotencia, la joven estudiante quedó como si la estuviesen asediando en su propia casa, como si en aquella comunidad de vecinos hubiese un estado de imposición.
Otra vez la molesta vecina de abajo que vivía sola. Otra vez la señora de abajo, otra vez el televisor a todo volumen.

Y era cierto, la señora Agustina se había adueñado de la tranquilidad que muchas veces necesitaba. Si quería estar tranquila, y  preparar algún examen en su casa, para hacerlo, tenía que salir a pasear o sentarse en algún parque y esperar.
Y según el día y la hora podía acudir a la biblioteca municipal.
Pero allí en su casa, muchas veces, era imposible. ¡Alguien se llevó el silencio! ¡Los fabricantes de ruido han vuelto a venir!

La joven se enfrentó a sus problemas para relacionarse con la gente y confrontar una situación conflictiva bajando a visitar a la vecina y pedirle que bajara el volumen de la televisión. Esperó unos minutos para ver si Agustina bajaba el ruido de su arma; no parecía misión fácil… A mayor volumen mayor sensación de compañía, cuanto más alto esté el volumen del televisor, habrá más proximidad de alguien y mayor insalubridad para los tímpanos. Y la contaminación acústica afectará a...

Pero para Agustina, la soledad era un desagradable enemigo a eliminar. Con esta actitud tan trepa, pisoteaba a alguien para conseguir su propósito.  

La joven estudiante, meses atrás, le regaló unos auriculares, para intentar aplicar la vieja ley basada en el “…todos y todas contentas” intentando crear empatía.
Aquellos auriculares quedaron exiliados en el interior de un cajón, completamente olvidados; una mujer mayor que nunca ha utilizado eso, no iba hacerlo ahora.

Y ciertamente, la joven lo tuvo que entender inmediatamente, casi por la fuerza, Agustina era una mujer mayor, que también tenía mayor la rigidez mental. La dilatada experiencia en funcionar con esa estrechez de pensamiento, también le servía para cerrarse aun más.

¿Y la Señora Alejandra? La vecina fisgona, se perdió toda esta parte última de la historia, porque mientras este relato llegaba a su conclusión, ella estaba intentando escuchar por el patio interior de la casa, para intentar pillar algo, cualquier cosa, que estimulara su gratificante e insaciable morbo.
Sólo escuchaba más y más ruido, procedente del televisor de su vecina de al lado.
Y esos programas aportan poca cosa que sea interesante y que valga la pena.

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