lunes, 17 de octubre de 2011

Trance

                                             


El viejo truhán de vocabulario feo malsonante y desagradable, se iba acercando a la céntrica plaza de su pequeña ciudad,  caminaba mirando fijo, con extraños atuendos, vistiendo sin cuidado ni agrado, poca la gracia. Mirada perversa de intenciones confusas.

Se decía de éste individuo, se decía, rumoreando de oreja a oreja, de frivolidad a frivolidad, que este hombre sufrió una caída en trauma de accidente, fortuito trance de doloroso resultado y mala cura. Al parecer, sufrió intervención en las caderas. Fue llevado a la casa de la cirugía.

Su caminar era al verlo venir, de asustar, tal así atemorizaba a niños y mayores, viéndolo venir o salir de callejón alguno. Y más si el lugar fuese estrecho y algo oscuro.
Sus cabellos negros, mal puestos, mal ordenados, mal atendidos.
Hombre éste, de siniestra risa o de extraña mueca que lo convertían en un ser algo esperpéntico, impenetrable, intratable, o quizás poco aconsejado para iniciar conversación alguna.

Cada vez que la alcohólica embriaguez lo asumía y metía en una temible opresión y su porte se veía encogido de casi arrastrarse uno, se sumaba a su coja manera de andar un extraño zarandeo de difícil equilibrio; un movimiento y paso caminante, que lo hacían hombre difícil de aguantar, y de contemplar.

Así que viendo a aquel cojo de extraña tribulación, de mal vivir, embriagado por la falta de respeto y de cuidado hacia el cuerpo y la mente, y caminando con aquellas caderas mal curadas y estropeadas, era mucho mejor cambiarse de acera, o si fuese bien y posible girar en la próxima esquina.

O si va uno andando por las calles con su pareja, tómese bien a su mano, sin miedo a parecer un niño asustado.

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