Lo
recuerdo muy bien.
Su
manera de caminar me daba miedo.
Su
muleta de empuñadura blanca reproduciendo un clic, clic.
Su
cara era un rostro como de mayordomo siniestro y sospechoso de.
Ese
clic pequeñito se movía mecánicamente, amenazante en sospechoso
sigilo.
Un
clic, clic, anunciando una cercana cuanta atrás.
Su
rostro estaba dolido por el templo y el acomodo de una soberbia
rigidez de apretada dentadura.
Con
su rostro de piedra arrastraba esa dolorosa pesadez vital, lastre y
más lastre.
Sus
dientes siempre apretados, rabiosos, para que la rabia no pudiese
huir de aquellas entrañas, entrañas rinolófidas color caverna,
rabia que era perfeccionada día tras día, cara roja e hipertensa
como testigo y aval.
Sus
manos indiferentes, beligerantes, estratégicas, gruesas, ataviadas
con callos para poder despreciar a la sensibilidad; dedos cortos y
gruesos dedos de tipo duro y cojo y muletazo y rígido que discutía
con la existencia a través de sus actos carentes de algún tipo de
clemencia, de flexibilidad, de misericordia, de comprensión, de...
Recuerdo
aquellas crías de gato condenadas a una vida demasiado excesivamente
breve, yaciendo recién nacidas, en sus dominios del hombre de la
empuñadura blanca y la cara roja ardiente, gatitos en su propiedad
yaciendo, descansando, y vibrando.
Que
tuvieron el infortunio de nacer en camino particular protegido por
ley y juzgado y amigotes, que tuvieron el infortunio de nacer con ese
nefasto clic rondando al acecho; gatitos impotentes e indefensos
yaciendo sobre una diminuta porción de tierra privada que su mamá
gata creyó segura, criaturas con los ojos aún cerrados sin poder
ver a ese temible y metálico y frío y plástico e intransigente
clic, clic, condenando, anunciando a esa atigrada gata recién mamá
que algo malo iba a suceder a sus crías de poco tiempo, descansando
en un pedazo de tierra particular, prohibida al paso; propiedad
particular letal.
No hay comentarios:
Publicar un comentario