Salgo a la calle.
Arriba, sobre una antena, de una televisión cualquiera, un mirlo canta y canta. Detrás del mirlo está la tarde, ¡como cada tarde!, acompañando, escuchando. Más allá, no demasiado lejos, el Mar flotando en el Océano a veces costero. El oleaje bañándose espumoso albornoz. Y las olas, humedecidas, mirando.
Le digo al Mirlo, ¡Canta, canta, bonito! ¡Canta!
Pero él no me hace caso, me ignora y sigue cantando.
“¡Me hace caso!” dice mi estupidez interior.
Y en su ilusión, esta mente se alegra.
No hay comentarios:
Publicar un comentario