Abajo
la tierra, el camino sube y se hace cuesta arriba, en la
transpiración corporal la bicicleta vital no tiene para más; las
aspiraciones aún más buscando más, inventando escalones e inventos
listones.
Quieta,
mirando a todo lugar; girando y girando no se detenga, quieta girando
la tierra, no te pares; planeta derviche maestro, el cielo como al
acecho.
Arriba
el cielo junto a un ave, criatura terrenal de la tierra, aposentado
pájaro sobre un tronco, en una rama planetaria, casado con la vida
el tronco en simbiosis conyugal.
Por
ahí va mirando con el pico cerrado un ave oteando arriba en el cielo
atmosférico; las hojas de madres arboledas marchan de la mano de una
ráfaga que lleva miles de invisibles partículas. Las hojas van
correteando metiéndose en remolinos chocando contra muros de endeble
y temible papel administrativo e indiferente pared; empero el viento
permanece inquieto suave y cuando quiere fiero se queda, y las hojas
folios papeles escritos marchan y marchan una y otra vez en frágil
estampida, empero el viento aquí queda atrapado libremente en el
mundo excepto en algún recoveco dando vueltas en círculo cerrado
pequeño remolino inofensivo fenómeno que los niños y las niñas no
aprenden a observar.
La
noche se despierta a la luz de la luna, peregrina joven anciana
juventud. Brillo reflejo, espejo abajo en una charca que la lluvia
olvidó, la otra tarde se la dejó.
El
ritmo se desliza por un arroyo caudal y vital; y cada mito contando
su historia, a veces creada por la historia del mito.
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